Es menester volver la mirada sobre una obra que, en el 2006, Rodolfo Campo Soto recibió con apenas un 2 % de avance y cuya ejecución condujo hasta su entrega desde la gerencia del Incoder: la presa El Cercado, sobre el río Ranchería.
Concebida como un proyecto multipropósito, su promesa era ambiciosa: suministrar agua para nueve municipios, irrigar cerca de 18.500 hectáreas y, en su formulación original, generar energía eléctrica. Cuando el proyecto se culmine integralmente, podremos hablar, sin exageración, de una obra transformadora para la región, como tantas de las que hoy se habla desde el Gobierno nacional como obras milagro. Desde octubre de 2026 comenzó la conducción de agua cruda desde el embalse hacia la planta de tratamiento de Corral de Piedra, en San Juan del Cesar. Sin embargo, los distritos de riego siguen siendo, en buena medida, una promesa pendiente.
El objeto de esta reflexión, sin embargo, no es el concreto, sino la tierra. Propongo un ejercicio de prospectiva: supongamos que el futuro ya llegó y que esas 18.500 hectáreas reciben agua. ¿Quién las administra? ¿Qué se siembra en ellas? ¿Para quién se produce?





