Las recientes elecciones en Brasil, Israel y Estados Unidos plantean una pregunta incómoda para quienes han convertido la llamada batalla cultural en la explicación dominante de la política contemporánea: ¿hasta qué punto los conflictos identitarios determinan realmente el comportamiento electoral?
La tesis no carece de fundamento. Agustín Laje, en La batalla cultural, sostiene que la disputa por el poder trasciende las elecciones y se libra también en la educación, los medios de comunicación, las instituciones y los valores sociales. La idea tiene antecedentes en Antonio Gramsci y ha sido estudiada desde diversas perspectivas por autores como James Davison Hunter, Ronald Inglehart y Pippa Norris. La cultura importa como las creencias, identidades y valores influyen en la política. Lo discutible es elevar esa constatación a una explicación casi exclusiva de los resultados electorales.
Los comicios recientes parecen sugerir algo distinto. En Brasil, Lula derrotó a Flávio Bolsonaro en una contienda que confirmó la persistencia de la polarización, pero también demostró que ninguna identidad ideológica garantiza mayorías permanentes. En Estados Unidos, los demócratas recuperaron el Congreso impulsados por preocupaciones relacionadas con el costo de vida, la evaluación del gobierno y los efectos de la política exterior. En Israel, el bloque de Benjamín Netanyahu no alcanzó la mayoría necesaria para formar gobierno pese a que los asuntos de seguridad dominaron la campaña.





