Nuestra nación inició su tránsito republicano al debe y, como lo registra la historia, fueron necesarios dos empréstitos de firmas inglesas para sobrevivir. Y, como suele expresarse: desde el desayuno ya se supo lo que se espera para el almuerzo. Y, si no, miremos qué ocurrió cuando se produjo la independencia de España, alcanzada militarmente en 1819 y consolidada con la victoria de Carabobo en 1821 y la campaña del sur, cuando el nuevo Estado tenía enormes necesidades, como financiar el ejército, atender los gastos de administración pública, reconstruir la economía afectada por la guerra, pagar suministros y compromisos militares y organizar las instituciones de la República.
Las rentas nacionales eran insuficientes; seguimos en lo mismo. Además, la guerra había destruido buena parte de la capacidad productiva y tributaria.
La historia del primer empréstito externo después de la Independencia contratado en Londres en 1822 se convirtió en el origen de una deuda que pesaría durante décadas sobre las finanzas públicas. El asunto ocurrió durante el gobierno de Francisco de Paula Santander, cuando todavía existía la República de Colombia, conocida históricamente como la Gran Colombia, integrada por los territorios de las actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.





