Las elecciones de medio término en los Estados Unidos arrojaron resultados muy preocupantes. No cabe la menor duda de que los votos que apoyaron a los candidatos demócratas no son de ese partido, una mayoría simple puede serlo. El electorado estadounidense, en mal plan, asumió esta invitación a las urnas como un plebiscito de apoyo al gobierno del presidente republicano Donald Trump. En esta pésima lectura, carente de conocimientos políticos, electorales y hasta jurídicos, el país quedó ahora abocado a un caos en el que perdemos todos los que defendemos las democracias liberales -dentro de un marco social regulatorio que impide excesos y excentricidades-, y que habitamos en este lado del planeta.
El martes pasado ganaron las elecciones varios candidatos que han manipulado a un partido demócrata que se ha desdibujado y que se dejó instrumentalizar -le ha hecho el juego a candidatos que agitan banderas woke y a fundamentalistas que, paso a paso, están minando los intereses americanos-. Europa no hace mucho ardió bajo el mismo fuego de jóvenes que no quieren madrugar a estudiar y trabajar, que pretenden vivir del Estado y que abogan por quitarle al trabajador honesto el fruto de años de labores. La envidia raya en la mezquindad y ahora, lo que para quienes tenemos más de 45 años resulta absurdo, contrario al deber ser, para algunos jóvenes, encapuchados, algunos de ellos viciosos, es la opción de vida que pretenden institucionalizar.
A Europa se la han tomado los intereses de razas diferentes a la europea, que ahora imponen sus costumbres, sus lenguas, sus creencias, en un territorio, ajeno por demás, que vienen haciendo suyo. Hacen lo que quieren, destruyen lo que encuentran a su paso, le prenden fuego a lo que a otros les ha costado años adquirir; no hay derecho, ahí tienen los resultados. Los fundamentalistas pretenden imponer los regímenes de sus patrias de origen, los mismos en los que no viven porque de ellos han salido.





