El destino y el futuro promisorio de este país está en manos de los indiferentes e indolentes, que no son todos, pero sí la mayoría, porque la indiferencia y la indolencia son familiares muy cercanos. Siempre me acuerdo de la célebre y sabia reflexión del expresidente Andrés Pastrana cuando en alguna oportunidad dijo que “el peor cartel que había en Colombia (todavía existe) no era el de los narcos, paracos, guerrilla o delincuencia común; era el de los indiferentes, que son la mayoría de los colombianos que no votan, nada les interesa, nada les acomoda ni nada los mortifica”. Y agrego yo: todo lo que pasa les importa un comino, para no decir un C, pero siempre viven quejándose de todo, aunque no aportan un grano de arena para resolver nada. Parece que estuvieran enfermos del alma y su frase más usual es “me importa un carajo” o “un C, yo no vivo del gobierno, vote o no vote, esta mierda continúa igual”. Así, ante su mirada impávida e indolente, ven cómo el futuro que nos espera es terrible, negro y muy parecido al de Cuba o al de nuestra vecina Venezuela, donde hace unos años todo era abundancia y felicidad.
¿Será que se repetirá la historia nuevamente, donde los bogotanos, el día de las elecciones, más de un millón salieron a disfrutar de las cálidas playas cartageneras y se abstuvieron de votar porque ya el triunfo de Hernández estaba asegurado? Al igual pasó en Antioquia, con casi otro millón que se fue a sus elegantes y costosas residencias campestres, y así en todo el país, porque ya Petro no tenía qué hacer, estaba derrotado; pero pasó lo contrario. La historia se puede repetir con un Pacto Histórico refortalecido, con la chequera abundante del Estado a su disposición, con el engranaje burocrático bien engrasado y un capitán que ha demostrado que ha llegado a donde él se lo ha propuesto, eso sí, con la ayuda eficaz de los indiferentes e indolentes. De ellos depende que el comunismo con Iván Cepeda a la cabeza, un pura sangre de ese partido apoyado en un ciento por ciento por su benefactor principal, el presidente Gustavo Petro, llegue nuevamente a ocupar el solio de Bolívar. Ahí sí, definitivamente, nuestros hijos, nietos y biznietos no volverán a gozar de los placeres que nos brinda la democracia y, si no lo demostramos ahora en las próximas elecciones en forma masiva, olvidémonos de que Colombia pueda entrar a la etapa de desarrollo que tenemos en proceso; aunque no lo crean, todo cambiará, pero no para bien sino para mal.
Señores indiferentes e indolentes: en sus manos, con sus votos, está el futuro de Colombia. Si ustedes salen a votar, de pronto pegamos un buen batazo y la sacamos de jonrón con Paloma Valencia a la cabeza.
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Colofón 1: Lo veo y no lo creo, pero es verdad que con atención médica agronómica el famoso palo ’e mango de la plaza, que está anémico y con úlceras por todas partes, ¿revivirá? Lo mismo debe pasar con los cauchos de la avenida Simón Bolívar y la famosa ceiba de la glorieta del mismo nombre. Ojalá que Dios quiera que esto suceda y que también miren a los maltrechos bordillos de los viejos bulevares, como los del Mercado Público y los que de la María Mulata conducen a La Popa.
Colofón 2: ¿Será que el emblemático y aristocrático Club Valledupar solicitó permiso a las autoridades competentes para masacrar a los frondosos laureles que tienen en su frente, con el solo argumento de que producen muchas hojas y las flores se caen, sin tener en cuenta el inmenso mal que le hacen al clima y al medio ambiente de esta ciudad?
Colofón 3: Cuándo —y no me canso de decirlo— la directora de Tránsito procederá a poner orden en las calles y carreras que hoy son de doble vía y a gritos piden ser de una sola. Con esa cantaleta seguiremos, no para molestar, sino con el fin de que los conductores tengamos seguridad y tranquilidad al manejar.
Por: José Manuel Aponte Martínez
