El origen de la democracia como sistema de gobierno, históricamente se remonta a la antigua Grecia, y desde entonces uno de sus mayores logros fue, sin lugar a dudas, la capacidad oratoria de quienes aspiraban al favor popular. Los debates en el Ágora, previo a la toma de una decisión importante. No había decisión que no tuviera como preámbulo la disertación en plaza pública. Pues bien, con el paso de los años y generalmente por estrategias de campaña, se soslayan los debates, y la única información que queda para el ciudadano son las entrevistas mediáticas, muchas de ellas con libretos preconcebidos. Es decir, los debates para los candidatos a gobernar una nación, parecen haber pasado a mejor vida, es más, ni siquiera hay una norma jurídica que, en aras de privilegiar el derecho a la información del ciudadano, establezca la obligatoriedad de debatir, como una de las principales reglas del juego.
En ese orden de ideas, los discursos parecen un soso monólogo, las entrevistas, hoy en día, son de poco calado intelectual, porque hacen parte del marketing publicitario con el que se pretende vender un producto. Así las cosas, nos encontramos, por desgracia, ante la banalización del ejercicio de la política, donde se pondera más el espectáculo o el show mediático, que la sana confrontación de ideas. Pero, a todas estas, nos preguntamos: ¿Quiénes pierden?
Consideramos, que el gran derrotado es el derecho del ciudadano a estar bien informado. Pierde además la democracia pues la deliberación es el pilar fundamental sobre el que se fundó. ¿Quiénes ganan? Las campañas publicitarias que logran posicionar “su producto” maximizando sus virtudes y minimizando sus defectos. Gana también la desinformación. Es que con toda esta parafernalia publicitaria: vallas, jingles, calcomanías, pasacalles, etc. nos quedamos con la superficialidad y no con la esencia misma de los candidatos, su visión de país, sus propuestas, su ideología.





