Queremos vivir sin límites, pero cuando recibimos algo excesivo como respuesta, nos asustamos. Le decimos sí al azúcar, queriendo evitar la diabetes; nos encanta ver televisión, deseando esquivar el sedentarismo; queremos que todo el mundo nos escuche, anhelando ignorar la realidad ajena.
El cuerpo humano es un reflejo directo de la creación de Dios, y en él está también el secreto de cómo vivir la vida de forma sana y consciente. Sabemos que el cuerpo se restaura mientras duerme, que el descanso es reparador, que el ayuno sirve de limpieza, que el comer porciones equilibradas nos ayuda a mantener el peso; en pocas palabras, menos es más. En cambio, ¿qué es el cáncer?: un incremento de células malignas; ¿qué es el estrés?: un incremento de carga mental; ¿qué es la ansiedad?: un incremento de preocupaciones. En la salud ocurre lo mismo que en la moda: el exceso nos perjudica, la esencia se conserva en lo natural.
Así como el cuerpo humano tiene un sistema para cada una de sus funciones, los seres humanos debemos crear áreas que nos permitan también filtrar todo aquello que recibimos del entorno, para gozar de una buena salud, tanto física como mental y espiritual. Una persona sin riñones no puede filtrar las toxinas del cuerpo, pero ¿por qué esperamos a que sean los riñones quienes filtren todo? ¿Acaso nosotros no los podemos ayudar también? El cuerpo está diseñado de una forma perfecta; es una máquina que nos permite respirar, movernos, ver, sentir, comer y vivir en un mundo con el que, infortunadamente, no sabemos convivir. Solemos ver el mundo como una amenaza y no como una oportunidad; lo anterior hace que nuestra mente le envíe al cuerpo permanentemente señales de alarma, ansiedad, estrés, depresión y angustia, en lugar de enviarle señales de alegría, positivismo, amor y comprensión.
Debemos tener claro que la misma constancia que queremos que tenga nuestro cuerpo, la debemos tener nosotros. Nadie quiere que su corazón deje de latir o que sus pulmones dejen de funcionar; bueno, nuestro cuerpo espera lo mismo de nosotros. Es curioso que cuando abandonamos nuestros hábitos saludables por un tiempo —y no solo hablo de comida o ejercicio, también hablo de abandonar el estrés, la crítica excesiva, el enojo, la impaciencia, entre otras emociones y conductas nocivas— no hacemos un alto a la reflexión sobre qué pasaría si nuestro cuerpo abandonara también sus buenos hábitos y cada órgano comenzara a hacer también su santa voluntad.
Quien hace lo que quiere con su vida le manda un mensaje fuerte y directo al cuerpo de hacer lo mismo. Quien no establece límites le está ordenando a su cuerpo que abandone los límites que tiene. Creemos que podemos ser inconstantes en nuestra vida, ignorando que el cuerpo responde a ello, pero cuando comienza a hacer lo mismo que nosotros, de forma tácita nos dice: “Si quieres que yo funcione, tú te debes aprender a controlar”.
Los límites son necesarios; los necesita el cuerpo para repararse, el tránsito vehicular para evitar accidentes, las empresas para ser productivas, la sociedad para vivir en comunidad y cada persona para alcanzar sus metas. Así como en las empresas cada empleado debe contar con sus propios mecanismos de autoevaluación, ya que si espera los externos puede llegarle un memorando o un despido, en nuestra vida tenemos que crear nuestros propios mecanismos de vigilancia, control y evaluación, antes de que llegue la enfermedad, el divorcio, la cárcel, el desempleo u otra señal intentando decir que es hora de poner límites en nuestra vida.
María Angélica Vega Aroca/ Psicóloga
