La comunicación social y la docencia constituyen dos amplias ventanas desde las cuales he tenido el privilegio de contemplar el transcurrir de la vida regional y nacional, desde las que he ido perfeccionando la capacidad de discernimiento suficiente para distinguir el bien del mal.
Igualmente, la formación para estudiar la teoría y práctica de la política, los regímenes, los comportamientos electorales y políticos de los ciudadanos, porque es innegable esa constancia de la ciencia política como parte de las ciencias sociales. Estas vocaciones y estudios superiores de investigar y de transmitir lo conocido me han llevado a luchar siempre en beneficio de la comunidad, sin sustraerme nunca a la opinión de sus directivos, líderes y miembros por alguna razón sobresaliente.
La historia del país muestra facetas oscuras, pero seguramente es producto del celo del colombiano en cuanto a sus libertades, entre otras cosas, porque la democracia que se disfruta no ha sido fácil de conseguir y de ello dan testimonio muchos mártires, que dieron incondicionalmente su vida precisamente para permitir recrearnos en un modelo de gobierno que puede ser incómodo a veces, pero que satisface el querer y sentir de los ciudadanos, no desde una perspectiva partidista concreta, sino desde una visión general.
Los derechos humanos constituyen un referente en la historia del país, desde los tiempos de Nariño, cuando se publicó en La Bagatela el contenido del manifiesto que tomó forma para siempre en Francia. Aun así, es de reconocer que existen falencias en la convivencia nacional y ello se debe, principalmente, a la diversidad étnica y a la tendencia libertaria del colombiano, que pretende siempre que la justicia impere.
El modelo político colombiano no es perfecto, porque no se ha terminado de delinear; las normas legales colombianas son controvertibles, precisamente porque la controversia hace parte del diario quehacer de los colombianos, en el marco de la democracia que hasta ahora se ha disfrutado. Eso sí, Colombia es el país con menos antecedentes de sometimiento a gobiernos autoritarios o anárquicos. No es necesario pregonar la democracia colombiana, porque la misma resalta con nombre propio cuando se analiza el palmarés de todos los países que hacen parte de la región latinoamericana.
Quizá sería necesaria la reflexión de la clase política en Colombia, no a la luz de la multiplicidad de ideas que en ella existe, sino a la vista de las necesidades de la población, con el fin de tomar medidas apolíticas, que involucren el sentir de la amplia variedad de ideas propias en una comunidad acostumbrada a la libertad, hasta el punto de haber sobrevivido a fenómenos como más de medio siglo en medio de un enfrentamiento intestino cuyos frutos son aciagos, pero cuyo fin traerá como consecuencia la reflexión de que, finalmente, ha valido la pena el esfuerzo realizado.
Tampoco se puede desconocer ni dudar de los números en las tragedias vividas en el país —aquí en el Cesar— desde nuestra República, con tantos inocentes asesinados, muchos perseguidos y desaparecidos. Los alzados en armas de los extremos y la delincuencia regular, la corrupción y el genocidio contra tantos colombianos y miles de casos de violaciones a los derechos humanos en las últimas décadas. También preocupa la sistemática violencia contra las mujeres y las niñas, con un Estado sin justicia que no refuerza las medidas para acabar esos flagelos.
Bendita sea Colombia, país de leyes, de controversias, de realidades y sin mitos en el querer que identifica a sus hijos; de una patria amplia, tan amplia que quepamos todos, pero tan estrecha, que todos podamos sentir el calor de compatriotas que se dividen en conceptos pero que tienen una meta común: la libertad y la paz, como legado a las nuevas generaciones (Cotes, 2016). Hasta la próxima semana.
Hasta la próxima semana. tiochiro@hotmail.com.
Por Aquilino Cotes Zuleta
