COLUMNA

La dignidad de saber retirarse

Yo voy, cuando enfrento a la política, donde mi presencia no incomoda, donde puedo ser útil y donde sé que puedo ser escuchado.

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Yo voy, cuando enfrento a la política, donde mi presencia no incomoda, donde puedo ser útil y donde sé que puedo ser escuchado con palabras de consejos para ayudar a sostener la viabilidad política que a los candidatos que aprecio y conozco puedan servir y ser esperanzadoras para lograr un mejor servicio social.

Hay una forma silenciosa de dignidad que consiste en saber retirarse. No huir, no renunciar, no claudicar: retirarse. Irse de los lugares donde la presencia propia estorba, donde la palabra es recibida con recelo y la lealtad es vista como una rareza incómoda. “Yo voy donde mi presencia no incomoda” no es una frase de derrota; es, más bien, una declaración ética en tiempos de estridencia.

Vivimos una época en la que la política ha perdido el pudor y la sociedad ha extraviado el arte del afecto. Todo es ruido, imposición, consignas vociferadas sin escucha. En ese escenario, la virtud —esa vieja palabra que hoy suena a reliquia— resulta sospechosa. El virtuoso incomoda porque no se presta al juego del cinismo; la lealtad molesta porque no traiciona cuando conviene; el afectuoso estorba porque no convierte al otro en sufrimiento.

Ir donde la presencia no incomoda es elegir espacios donde aún se puede ser sin pedir permiso para existir. Es una forma de resistencia íntima. “No todo el que se va abandona, podría decirse con melancolía. Porque quedarse en un lugar donde la virtud es ridiculizada termina por erosionar el alma.

Desde el punto de vista político, esta actitud es profundamente subversiva. Los sistemas de poder —sean autoritarios o disfrazados de consenso— necesitan cuerpos dóciles, presencias que no cuestionen, adhesiones que no piensen. El que decide irse, el que retira su apoyo, su aplauso o su silencio cómplice, se convierte en una anomalía peligrosa. “El poder teme más al hombre íntegro que al opositor ruidoso”, alguna vez le oía decir a un viejo político olvidado.

Hay en esta elección un tono inevitablemente nostálgico. Nostalgia por una época —real o imaginada, la época de Pepe, Pupo, Manuel Germán, Jorge Dangond, Alfonso Araújo, Alvaro, Toño, Crispín, Adalberto, Jaime Murgas, Lucas y otros— en la que la palabra lealtad no era sinónimo de ingenuidad, y el afecto no se confundía con debilidad. Cuando la política todavía se sostenía, al menos en el discurso, sobre la idea de servicio y no sobre el cálculo. Cuando la virtud no era una carga, sino una aspiración compartida.

Socialmente, ir donde la presencia no incomoda es también una forma de cuidar al otro. No imponer la propia visión, no colonizar cada conversación, no convertir la diferencia en campo de batalla. No con miramientos de prebendas. Hay una ética del tacto que se ha perdido: saber cuándo hablar, cuándo callar y cuándo marcharse. “La verdadera elegancia moral consiste en no ocupar un lugar que no nos quiere”, así razono bajo una vieja consigna o vieja máxima que hoy suena casi revolucionaria.

Pero no se trata de encerrarse en burbujas de comodidad moral. Se trata de elegir vínculos donde el afecto sea posible, donde la lealtad no sea negociable y donde la virtud no provoque burla. Porque también ahí, en esos espacios pequeños y discretos, se teje otra política: la de los gestos, la del lenguaje sin palabra, la de la palabra honesta, la de la presencia que acompaña y no invade.

Al final, quizá esta frase encierre una sabiduría antigua: no todos los lugares merecen nuestra permanencia. Y no todas las ausencias son cobardía. Algunas son actos de amor propio y de fidelidad a lo que uno es. Ir donde la presencia no incomoda es, en el fondo, una manera silenciosa de seguir creyendo que la virtud, el afecto y la lealtad aún tienen un lugar en el mundo, aunque ya no sea el centro del escenario.

De todas maneras, hay que participar, aunque sea en silencio, en la vida política regional y nacional para no dejar los espacios libres a los que no tienen la capacidad necesaria para ser nuestros representantes ante las decisiones de vida digna, vida libre y vida social solo restringida por las normas pactadas por una sociedad de bien.

Yo seguiré con mis críticas firmes y constructivas para que los que logren el poder sigan por el camino que debe ser: el de la sensibilidad social permanente para que no les azote la angustia que implica ser elegido.

Por Fausto Cotes N.

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