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El silencio donde cantaban las Chicharras

Pero un día, sin aviso, el silencio empezó a ocupar su lugar. ‘Ya no cantan las chicharras’, me dije

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Hubo un tiempo en que el mundo parecía sostenerse sobre unos sonidos invisibles. No era el viento, ni el río, ni la voz humana, ni el relámpago misterioso de las lluvias, ni el crujir de las ramas secas ante el esplendor de su caída mortal, ni el canto de la selva bajo el presagio de muerte del Gua-Caó, cuya carcajada burlona entumía los huesos de pavor: era un temblor persistente, un hilo vibrante que unía el aire y la luz del sol con la tierra. En aquellos días, el verano no era solo una estación de desesperación, sino una forma de estar vivos. Todo ardía con una intensidad apacible, como si el tiempo, en lugar de avanzar, suspirara.

Las chicharras cantaban. No sabíamos entonces que su canto era un préstamo o una delicada concesión del instante burdo del sonido. Crecimos creyendo que ese zumbido era eterno, que formaba parte del orden natural de las cosas, como la luz del mediodía o la sombra de los árboles cansados. Nadie nos enseñó a despedirnos de lo que parece una angustia inmutable.

Pero un día, sin aviso, el silencio empezó a ocupar su lugar. “Ya no cantan las chicharras”, me dije.

Al principio fue apenas un punto de inflexión, una pausa entre un canto y otro que se alargaba más de lo debido y en las estaciones del amor suplían a las emociones. Luego, el aire se volvió extraño, como si le faltara algo que no sabíamos nombrar. El calor seguía allí, espeso y dorado, pero ya no vibraba con la ansiedad de otros tiempos. Era un verano intacto por fuera y vacío por dentro.

Y fue entonces cuando comprendimos —demasiado tarde— que no eran las chicharras las que habían desaparecido. Ni siquiera era el rumor de lo que ya no existe: el canto estridente, pero hermoso de estas durmientes criaturas, que invitaban a una siesta en la pesadez del mediodía.

Éramos nosotros los que habíamos dejado de escuchar. Porque la ciudad y la vida social nos absorbieron y nos volvimos enemigos de la naturaleza de modo que el estridente o suave sonido de ella nos incomoda, tal que no podemos sentir el significativo picoteo del pájaro carpintero, ni mucho menos el sonido de una banda de timbales que orquestan las chicharras bajo el sueño soporífero de las dos de la tarde de un verano de aire pesado que destruye la paciencia más humilde con la emisión de esos calores impacientes, que hacen pensar en los confines del infierno donde van a terminar los que ignoran los presagios de la naturaleza y sus bondades, y en especial, aquellos quienes tratan de destruirla.

No hace poco escuché el canto de una chicharra que me hizo de inmediato recordar el pasado y desde entonces, desde ese día, cada recuerdo tiene un sonido incompleto y aunque caminamos por los mismos caminos, bajo el mismo sol, hay algo en nosotros que ya no responde al llamado antiguo de la tierra. Es como si hubiéramos perdido una parte esencial del alma en algún lugar del pasado, allí donde el tiempo aún temblaba, y el mundo, sin saberlo, cantaba.

Porque hay ausencias que no hacen ruido, pero lo cambian todo, hasta el orden natural del universo.

Y hay silencios —como este de las chicharras— que no llegan para quedarse en el aire, sino para instalarse lentamente dentro de nosotros donde el tiempo dejó de cantar y donde sólo repetimos el eco dentro lo que ya no somos, ante el temblor de lo que ya no canta para hacernos recordar el día en que olvidamos escuchar la vida bajo la memoria de un verano que se quedó en la tierra.

Si alguien puede contarme dónde encontrar una cigarra, o un lugar donde canten las ranas, o dónde encontrar una maríapalito o un ‘helicóptero’ o caballito del diablo o alguna otra especie de nuestra amada naturaleza, avise con tiempo para aún alcanzar a mostrar a nuestros hijos que todos esos animalitos —para algunos nocivos— hacen parte de lo que debemos preservar, para poder garantizarle a la humanidad la vida eterna, o la inmortalidad de la vida, que es lo que hoy trata de hacer la física cuántica bajo el estudio de la microvida cuando sólo con observarla se pone en movimiento.

Cuando en Semana Santa enmudecían las campanas en señal de duelo, como acto litúrgico sustituto resonaban las matracas, que en los pueblos sin iglesias para estas fechas eran reemplazadas por el profético sonido de las chicharras.

Los Lunes Santos, recuerdo como ahora, bajo la soledad y el sopor de las polvorientas calles al desaparecer la mañana, las matracas y sus sonidos, se confundían con el ruido enriquecedor del silencio donde cantaban las chicharras.

Por: Fausto Cotes N

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