En términos prácticos y simples, la pobreza se asocia al individuo que no tiene dinero y sus condiciones de vida son precarias; incluso, para efectos de análisis socioeconómicos, existen indicadores para medir las dimensiones de la pobreza: monetaria o extrema, es decir, se resume a un número en una escala, quien esté o por encima se considera un tipo de pobre; y quien esté por debajo, otro tipo. Sin embargo, yo quiero plantear otra clasificación que, aunque existe en la práctica, carece de estudios, o al menos no los conozco.
Creo firmemente que existen pobres por elección, otros por acción y pobres por negocio. El que elige ser pobre es consciente de que la riqueza existe, pero no la ambiciona para él, vive en un confort mínimo porque, como no ha experimentado las condiciones de una persona que lo tiene todo, sencillamente no hace nada por salir de ella. Esta es, digamos, un estilo de vida que no le hace daño a nadie.
Seguidamente, la pobreza por acción está directamente relacionada con aquellas condiciones que crea un sector de la sociedad para evitar que aquel que está en la inmunda no solo permanezca ahí, sino que se hunda más y, si puede eliminarlos, mucho mejor. Un ejemplo de ello, Israel y sus métodos para acabar con la pobreza en Gaza.
Pero hay una pobreza que mueve fibras, es aquella gente que no tiene nada, ni siquiera esperanza, ancianos postrados y abandonados a su suerte por sus familias porque son una carga, mueren de física hambre o de alguna enfermedad grave que los postra. Niños que comen sobras o de la basura, que nunca sabrán lo que es una pelota, jugar en un parque o escribirle una carta a Santa porque sencillamente nunca llegará, personas que, además de pobreza extrema, padecen limitaciones de movilidad, cuadripléjicos, enfermedades raras o cualquier otro padecimiento que ni su familia tiene cómo tratarlo ni el Estado quiere. Este grupo es el que considero “pobres pobres”.
Finalmente, están los pobres que eligen serlo para explotar esta condición para que el Estado, o el buen samaritano o las organizaciones benéficas, destinen millones anualmente para regalarles. Subsidios, ayudas, casas y cuanto puedan recibir a nombre de su pobreza. Este grupo es el más peligroso, su vagancia es endémica, no quieren trabajar, aunque puedan, casi toda la ayuda que recibe va destinada a satisfacer vicios. Los barrios o invasiones donde habitan están llenas de cantinas, billares, ollas de vicio, casas de apuestas y todo ese mercado que precede a los barrios pobres, amén de la delincuencia en todas sus presentaciones que existe culturalmente a su alrededor. La mayoría, con pocas excepciones, alimenta un resentimiento social hacia el que considera es “rico”, por lo que, cuando tiene la oportunidad, le roba, daña su propiedad, o si puede eliminarlo físicamente lo hace con alevosía. De esto hay miles de casos documentados, el más reciente el asesinato de un estudiante de la Universidad de los Andes en Bogotá de la manera más salvaje. Este grupo tiene no solo la condición de tener la pobreza como una fuente de ingresos, sino que es la fuente donde se crían y crean los futuros delincuentes de las ciudades, pero además, destruyen los bienes públicos, pauperizan los parques, usan las calles como letrina, se deshacen de su basura en las alcantarillas, y todo el daño que puedan hacer a su mismo entorno, lo causan. Y es aquí donde aparece el siguiente nivel: el pobre estúpido o el pobre imbécil que, no conforme con haber elegido su condición de pobreza, se autodestruye.
Hay una pobreza prefabricada que hace mucho daño no solo a ellos mismos sino a su alrededor; pero aún más importante, no juzgar a todos los que por las razones que sean estén en la pobreza con el mismo rasero. Hay gente entregándola toda para poder salir de ese hueco, son tenaces, emprenden, se parten el lomo de sol a sol y dan la vida en lo que sea que hagan con tal de cambiar su futuro y el de su familia; y como dijo Julio Vásquez en su composición: “La pobreza es una mancha que no la quiere ninguno”.
Por: Eloy Gutiérrez Anaya





