La Navidad de ese año me hizo recordar que ya no estaba en Brasilia, aunque teníamos el mismo almanaque y el mismo efecto de los aires de Navidad. En la región de El Retiro la brisa era diferente; la luna llena que ya habíamos disfrutado en nuestro primer día no se parecía a ninguna otra y la novedad de estar en otra parte tal vez la hacía muy especial.
Mi hermano Jaime había cumplido su sueño de ser piloto y se conectó con la gente de Intercontinental de Aviación, que tenían para entonces, además de la aerolínea, otras empresas relacionadas con el medio, entre esas, transporte de carga aérea bajo el mismo nombre. Jaime logró vincularse y para entonces ganaba muy bien como piloto.
Esa Navidad llegó de visita con uno de nuestros primos de toda la vida y, junto con él, una recua de amigos y conocidos que se pegaron al viaje. La finca se llenó de gente en un santiamén y, desde que nos levantábamos hasta bien entrada la noche, había música a todo volumen.





