En ocasiones, algunas personas se extrañan al observar a alguien que prefiere ahorrar, teniendo mucho dinero. También existen los que no comprenden a aquellos empleados que se esfuerzan en el trabajo, a pesar de no tener reportes negativos y estar al día en sus indicadores. Piensan que los únicos que deben esforzarse son quienes llegan tarde y todo lo hacen a medias. Lo mismo suele ocurrir con las personas que son disciplinadas haciendo ejercicio y tienen buenos hábitos alimenticios siendo delgadas, ya que algunas personas tienden a creer que los únicos que se deben cuidar son las personas enfermas o con problemas de obesidad.
A decir verdad, estas creencias confirman que la carencia invita a crear, toda vez que en medio de la pobreza, la enfermedad y los problemas, surgen la creatividad, la recursividad y la proactividad. En cambio, la abundancia, el bienestar y la zona de confort, suelen acabar con el bolsillo, la salud y la tranquilidad. Lo que se ignora, es que al no cuidar aquello que se tiene, de una forma implícita atraemos la carencia.
Una persona no puede permitir que el gozar de buena salud, bienestar y riqueza la invite a despilfarrar y actuar como si el mundo se fuese a acabar. Nunca nos podemos confiar; debemos estudiar como si estuviéramos perdiendo todas las materias; alimentarnos, como si hubiéramos recibido una dieta de la nutricionista, e imponernos un plan de dieta alineado con la calidad de vida que queremos tener; tratar a las personas, como si necesitáramos de ellas para vivir; hacer ejercicio, como si estuviéramos en rehabilitación con la fisioterapeuta; amar, como si nunca hubiéramos recibido amor; buscar a Dios cada día, como si hubiéramos perdido todo. La zona de confort hace que la liebre pierda la carrera frente a una tortuga. La liebre se confía, pero la tortuga, al ser consciente de su carencia, se esfuerza y es constante. No esperemos la carencia para ser conscientes, para esforzarnos y ser constantes con nuestros propósitos.





