Vivimos una vida inauténtica como si fuéramos inmortales. Vacilamos ante las situaciones cotidianas por estar pendientes de lo que dicen, piensan y hacen los demás, como si en ellos estuvieran las soluciones de nuestros problemas e inquietudes. Cedemos así, poco a poco, la administración de nuestra existencia. Dejamos que otros decidan qué debemos querer, qué debemos temer, qué debemos perseguir y hasta qué debemos considerar una vida digna de ser vivida.
Vivimos una vida de fantasías y sin criterios, y cuando queremos aterrizar nos damos cuenta de que ya es tarde; porque se ha perdido el tiempo en suposiciones, apariencias y asuntos ajenos a la realidad y al espacio de vida que todavía no consigue propósito, por la incapacidad de dar ese salto de fe que lleva a reencontrarse con uno mismo.
No se trata de una fe necesariamente religiosa, sino de ese acto íntimo mediante el cual el ser humano decide confiar en su propia capacidad de comenzar de nuevo, de asumir su historia y de hacerse responsable de aquello que todavía puede transformar.





