En su edición de ayer, EL PILÓN titula en su editorial: “¿Se justificaría una revocatoria del mandato del alcalde en estos momentos?”. De rompe y sin pensarlo dos veces respondería con un rotundo y perentorio no. No es el momento, no hay razones para proponer que a un funcionario público como el señor alcalde lo destituyan, no mediante un decreto o resolución, sino que sea el mismo pueblo que lo eligió el que se encargue de decirle que se vaya, botándolo de su puesto porque no respondió eficientemente a sus promesas electorales. No, no es el momento, pero algo hay en el canto de la cabuya, algo que no anda bien, y este es un campanazo para que se revisen y corrijan muchas cosas y la administración de Ernesto, “el que va a arreglar esto”, cumpla su período de cuatro años y deje una huella imborrable de su gestión.
Yo, como columnista muy viejo de este rotativo, desde hace mucho rato me estoy exponiendo a perder la satisfacción más grande que siente quien escribe: que lo lean, pues para eso lo hago, con sacrificios para que el mensaje escrito llegue; pero si no me leen, me ignoran. ¿Por qué me estoy exponiendo? Sencillamente porque me he vuelto monotemático, siempre tratando la misma vaina y eso aburre. Administraciones una detrás de otra me han oído a través de esta columna hablar de las troneras que adornan las vías de esta ciudad, especialmente en el centro, y que día a día crecen y se multiplican. Cuántas veces no me han oído solicitando que se arreglen y embellezcan los bulevares, especialmente sus bordillos que están destruidos y horribles; para qué hablar de los escombros tirados indolentemente a la calle por parte de malos ciudadanos, que exponen la vida de peatones y conductores de toda clase. Cuántas veces no habré pedido que se sincronicen los semáforos, que son una locura.
Ya me da pena insistirle a la directora de Tránsito del municipio para que regule la dirección de las vías que tanta incomodidad nos produce en determinadas partes de la ciudad con sus trancones, y para qué hablar de la arborización de la ciudad que en algún momento fue considerada como la mejor de Colombia. Así, alcalde Ernesto Orozco, cambiándole la cara al Valle, maquillándolo con finos cosméticos como lo hizo su ídolo Rodolfo Campo Soto —quien debido a ello todavía ostenta el honroso título de ser el mejor alcalde que ha tenido el Valle—, haciendo pequeñas cosas sin olvidar ni abandonar las grandes, usted puede destruir la absurda idea de la revocatoria de su mandato.





