Se acerca el momento de los buenos deseos, de los días impregnados de un singular clima poético, donde la mística y las emociones acrecientan su espacio de recuerdos y añoranzas. Tanto es así, que resulta imposible permanecer impasible ante la abundancia de signos litúrgicos y no litúrgicos, que nos llaman a celebrar, con una carga de sentimientos enorme, estas fechas en las que todo parece volverse más bondadoso, más fraterno, más humano en definitiva.
Reconozco que ese impulso positivo me anima, lástima que no continúe a lo largo de todo el año, tan rebosante de gratuidad hacia la misma especie y de gratitud hacia lo que nos rodea. Sin embargo, confieso, que lo que me aleja es que en el astro sus moradores sigan haciendo valer sus raciones de egoísmo, prefiriéndose a sí mismos, junto a los suyos y nada más que con los suyos, como si el globo fuese de unos pocos. Naturalmente, uno tiene que poseerse, pero también tiene que saber donarse, sin obviar que la vida se compone de cosas pequeñas y de cosas llevadas a cabo entre todos. Nadie es protagonista de nadie y todos somos protagonistas de todos. He aquí la cuestión de la genuina felicidad Navideña, el contemplativo camino de ver más allá de las tinieblas.
Ha llegado el momento de entenderse, de respetarse, de sintonizar con el que piensa distinto. Tenemos que convivir y hemos de hacerlo con más poesía que poder. La Epifanía únicamente tiene razón de existencia en la medida en que nos haga madurar sobre el espíritu del gozo, de la esperanza, de la luz.





