Al iniciar el texto de mi columna de los viernes me orienté hacia los siguientes aspectos: el inminente déficit de oferta de energía eléctrica, por haberse casi igualado la capacidad instalada frente a la demanda real y el intento para culminar las obras de Hidroituango, la que ya en pleno funcionamiento garantizaría una potencia nominal de 2.400 megavatios, con lo cual se pretende conjurar la crisis.
Inicié mis pesquisas y me encontré con que efectivamente la entrada en plena operación de esta gigantesca hidroeléctrica avalaba superar ese escollo, pero, siempre hay peros, el llenado total del embalse hasta la cota autorizada-420- metros sobre el nivel del mar, tenía obstáculos, pues, según llegué a estar informado, la estabilidad de las laderas adyacentes presentaba y presenta riesgos que, al parecer, están siendo manejados con mucha cautela y además no le cabría a nadie en la cabeza que así no fuera. La preocupación es pertinente, sobre todo por el antecedente de 2018.
El punto no es simplemente si la presa puede soportar que el nivel del agua suba hasta la cota 420, que, sí puede, sino, principalmente, es cómo responderá el macizo rocoso y las laderas que rodean el embalse al aumento de la presión del agua conforme sube el nivel. Y no solamente la presión sobre la presa, sino que el agua al entrar en contacto con una superficie mucho mayor de las laderas se produce un fenómeno inestabilidad de estas, inducida por el llenado. El agua puede penetrar en fracturas y discontinuidades del macizo rocoso, elevar las presiones de poros y reducir la resistencia efectiva del terreno. Me imagino, y espero, que eso sea lo que se encuentran vigilando segundo a segundo, para subir lentamente el embalse. Es una precaución importante, pero no elimina el riesgo.






