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La vida es un sueño

Un encuentro diario con un vendedor de frutas en una ciudad costera lleva al narrador a escuchar sueños recurrentes sobre un rancho en el desierto y una madre perdida, hasta descubrir que el hombre afirma que él siempre aparece en ellos.

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Cuando uno cree haberlo visto casi todo en el camino de la vida que lleva andado, aún en las orillas surgen personajes, otros caminantes con situaciones peculiares que te detienen y te obligan a hacer ese alto necesario, incomprensible al momento, pero que después, cuando reanudas el andar, sabes que aprendiste otra lección de aquel, en ese momento desconocido, para continuar.

En mi hora de almuerzo, de manera improvisada, he implantado una rutina que, sin haberla planificado ya la costumbre la ha arraigada y, desde hace casi un mes todos los días, exceptuando los fines de semana, en el camino que tomo para ir a almorzar, me tropiezo con un hombre que no sé si es anciano o si es aún un joven que está golpeado y envejecido por el trajinar diario, aunque en algún momento le preguntaré su edad, intentando satisfacer mi curiosidad al respecto.

Llegué hace aproximadamente un mes a una tierra que, a pesar de conocerla de entrada por salida como coloquialmente suele decirse, jamás había pasado por mi mente vivir en ella. Sin embargo, como decía al comienzo, el camino de la vida tiene cantidades de sendas y bifurcaciones que se abren o llegan a él, y en el libro del destino estaba escrito que aquí, en donde hoy estoy, debía estar. En una ciudad ubicada a la orilla del mar, en donde poco a poco el sol, sutilmente, de manera imperceptible, pincela sombreando tu piel en forma de caricia, la cual va uno notando al ver su reflejo en el espejo, donde curiosamente la brisa que viene del mar no tiene olor, como en otros sitios, pues aquí huele a todo menos a salitre y tampoco ve gaviotas o fragatas, y mucho menos Manawares, surcando el majestuoso cielo que se confunde en el horizonte con el mar.

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