(Nota dirigida a los amigos de los conflictos políticos)
En los conflictos humanos marcados por la ira y el intenso dolor aparece una paradoja: aquello que inicialmente se experimenta como una ofensa puede terminar destruyendo precisamente los vínculos que alguna vez fueron significativos. La agresión verbal, la humillación, la traición o el pronunciamiento desmedido pueden producir una reacción emocional tan intensa que el ofendido deja de percibir al otro como una persona vinculada afectivamente y comienza a verlo como un adversario. Cuando esa transformación no desemboca en la eliminación física del adversario, puede producir otra forma de muerte: la ruptura definitiva de los lazos familiares, afectivos o sociales.
Cuando el enfrentamiento tiene origen en un conflicto político, la emoción puede intensificarse porque las diferencias ideológicas terminan convirtiéndose en confrontaciones personales.
Desde una perspectiva filosófica, esta situación puede analizarse mediante principios atribuidos a la tradición tolteca: “sé impecable con la palabra” y “no hagas suposiciones”. La palabra no siempre es un instrumento inocente. Pronunciada bajo la mentira, la ira o el odio político, puede convertirse en una herida que permanece mucho después de que desaparece la emoción que la originó. La palabra puede aclarar, reparar y reconciliar, pero también puede degradar al otro, atribuirle intenciones que no tiene y convertir una diferencia en una confrontación. Quien miente por primera vez tiene que seguir mintiendo para sustentar su primera mentira.






