Mi hermano Armando se había comprado un equipo de sonido de esos que, para la década de los ochenta, hacían competencia entre marcas para ver cuál sonaba más duro. Llegó un momento en que nos convertimos en amenizadores de parrandas: unas veces nos contrataban para poner la música y otras las organizábamos nosotros.
Recién había terminado el bachillerato y estábamos de vacaciones. Un cierto día, estábamos amenizando una de las tantas fiestas y, en un acto de soberbia, amenacé con acabarla llevándome el equipo de sonido, todo porque la pareja que yo quería se había ido a bailar con otro.
Mi padrino, Miguel Ángel Castillejo, se me acercó y, con tono cariñoso, me dijo:
—Ahijado, no acabe la parranda, es que tengo como invitado al Negro Zabaleta y me da pena que lo eche de la fiesta así.
En un acto de grosería y como ya estaba tocado con el tema de la pareja, le contesté de mala gana a mi padrino:
—¿Y quién carajos es ese tal Negro Zabaleta? Puede estar el papa de Roma, pero la fiesta se acaba ya.
Desde entonces y hasta ayer, que lo acompañé hasta su tumba, nos unió una amistad de 36 años, sentimiento que honré hasta el último día. No solo le tenía el aprecio de un amigo, sino que lo veía como un segundo papá, pues cuando lo conocí yo tenía 18 años y él, 51. Así que aprendí muchas cosas de la vida y seguía sus consejos de mayor sin cuestionarlos.






