Jesús Daza Castro
Ayer hablé con Pepe Castro, y aunque a los oídos escépticos de este tiempo pueda sonar extranormal o quimérico, lo cierto es que llevamos dialogando en silencio desde hace muchas jornadas, hasta ayer. Sucedió en esos días en que la desidia de la empresa electrificadora “Energua” decidió sumir en sombras mi cuadra, despojándome del ventilador y obligándome a buscar refugio contra este inclemente sol de los indios que funde las horas.
Me marché buscando un rincón donde la brisa de los árboles mitigara el calor y la quietud permitiera habitar las páginas de un libro que me habían confiado: “Crónicas del Valle de Upar”, escrito por el propio Pepe Castro en el año 2000. Hallé una mesa redonda de madera, modesta y solitaria, custodiada por dos bancas diminutas. Bastaron las primeras líneas para que la cronología se disolviera y el viejo líder se sentara frente a mí, a contar con devoción y con el alma herida la epopeya de nuestra tierra. Por eso afirmo que hablé con él hasta ayer, justo en el instante en que sus 447 páginas cerraron su ciclo en mis manos. Al contemplar la pasta ajada, el pecho se me anegó de una melancolía honda. Comencé a cavilar sobre el destino de este Valledupar que se nos desangra en las manos, territorio donde la memoria colectiva naufraga y el sagrado sentido de pertenencia se evapora como el agua de los manantiales en verano.






