Hay una frase que escucho cada vez más en consulta y en la calle: “Ya uno ni se sorprende”.
La dicen después de una noticia difícil, después de una pérdida, después de otra historia que antes nos habría indignado, entristecido o conmovido. La dicen con un tono casi automático, como si fuera parte del paisaje.
Y ahí es donde me detengo, porque cuando ya nada nos sorprende, cuando nada nos impacta, cuando reaccionamos con indiferencia ante lo que antes nos movía por dentro, no es que nos hayamos vuelto más fuertes; a veces, lo que ha pasado es que nos hemos anestesiado.
