COLUMNA

La anestesia emocional: cuando ya nada nos conmueve

Cuando ya nada nos sorprende, cuando nada nos impacta, cuando reaccionamos con indiferencia ante lo que antes nos movía por dentro, no es que nos hayamos vuelto más fuertes; a veces, lo que ha pasado es que nos hemos anestesiado.

canal de WhatsApp

Hay una frase que escucho cada vez más en consulta y en la calle: “Ya uno ni se sorprende”.

La dicen después de una noticia difícil, después de una pérdida, después de otra historia que antes nos habría indignado, entristecido o conmovido. La dicen con un tono casi automático, como si fuera parte del paisaje.

Y ahí es donde me detengo, porque cuando ya nada nos sorprende, cuando nada nos impacta, cuando reaccionamos con indiferencia ante lo que antes nos movía por dentro, no es que nos hayamos vuelto más fuertes; a veces, lo que ha pasado es que nos hemos anestesiado.

La mente tiene mecanismos de defensa maravillosos. Cuando la realidad duele demasiado o se vuelve repetitiva en su crudeza, el cerebro aprende a protegerse bajando el volumen emocional; es una forma de sobrevivir. No sentir tanto para no quebrarse. El problema es que esa anestesia no discrimina; no solo adormece el dolor, también adormece la alegría, la empatía, la capacidad de asombro.

Y empezamos a vivir en modo automático. Seguimos funcionando: trabajamos, cumplimos responsabilidades, respondemos mensajes, pero por dentro algo está apagado. Nos cuesta emocionarnos, nos cuesta conectar, nos cuesta incluso indignarnos; nos decimos que “así es la vida” y seguimos. Pero no debería ser así.

La anestesia emocional suele aparecer cuando hay acumulación, demasiadas noticias difíciles, demasiadas preocupaciones, demasiada presión, demasiado tiempo siendo fuertes. El cuerpo y la mente dicen: “No puedo procesar más” y entonces se desconectan.

No sentir puede parecer estabilidad, pero en realidad es una señal; es el sistema nervioso intentando regular un exceso de carga, es un cansancio profundo que no siempre sabemos nombrar.

El riesgo está en normalizarlo, porque cuando dejamos de conmovernos, dejamos también de vincularnos y cuando dejamos de vincularnos, se debilita algo esencial en nosotros: la humanidad compartida.

No se trata de vivir desbordados emocionalmente por todo, se trata de no perder la capacidad de sentir, de permitirnos reconocer que algo nos duele, que algo nos afecta, que algo nos importa.

Si últimamente sientes que todo te da igual, que nada te mueve demasiado, que reaccionas con frialdad ante situaciones que antes te tocaban, no te juzgues. No te digas que eres insensible, pregúntate qué tanto has tenido que cargar.

La anestesia no aparece porque sí; aparece cuando el dolor ha sido constante. Y la salida no es forzarte a sentir más, sino empezar a cuidarte mejor, hablar, descansar emocionalmente, poner límites a la sobreexposición a noticias y volver a espacios donde puedas conectar de forma segura.

Sentir duele, sí, pero no sentir también es una forma silenciosa de desgaste.

No nos acostumbremos a vivir apagados, no confundamos desconexión con fortaleza, no dejemos que la costumbre nos robe la capacidad de conmovernos.

Porque cuando ya nada nos importa, algo dentro necesita atención.

Por Daniela Rivera Orcasita

TE PUEDE INTERESAR