COLUMNA

Los días del poeta

El texto reflexiona sobre el papel del poeta y la poesía como herramientas esenciales para comprender la existencia, resaltando su función como creador de sentido, guardián del asombro y constructor de humanidad a través del arte.

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Hace algunos días me tropecé con un pequeño libro de ensayos de un colombiano cuyo título llamó de inmediato mi atención, “El eternizador de asombros”; una diminuta pero jugosa obra que incluye poemas sobre la existencia, el arte y la muerte.

Hace algún tiempo, no preciso cuándo, escribí sobre la poesía y el rol del poeta en el mundo, cuestión que no dejo de hacer o hablar de ello día a día, pues considero que el papel del mismo es tan primordial como la labor de las abejas para que la raza humana aún exista en el universo.

Hoy, mis queridos lectores, intentando hacerlo de una forma un poco didáctica, sin estilizar arguyendo algún estilo sofisticado o clasista que los haga sentir desubicados desde el punto de vista literario, procederé a reflexionar sobre lo que me incitó la lectura de este pequeño libro aludido: El arte y la poesía. Un libro que explora la creación poética y el papel, como lo señalé, del poeta, describiendo la poesía como un lienzo en blanco que permite dibujar la existencia, el asombro y la herida e igualmente sobre la condición humana y el viaje de la vida.

Reconozco que no conocía al autor, cuya prolífica obra me asombra al igual que su anonimato dentro del contexto literario, al menos cercano a mis preferencias y que hoy le ofrezco excusas, sin conocerlo, por no haber tropezado en alguna librería alguno de sus libros en alguno de esos días en que he salido de cacería por algún extraño o corriente libro en la selva de papel a la que a veces me acostumbro a internarme esperando cazar algún espécimen que atraiga mi sexto sentido. Pero hoy agradezco haberla encontrado como un cofre que guarda la promesa de un viaje interior.

Entre sus minúsculos ensayos contentivos del libro aludido muchos llamaron mi atención, y es que solo sus títulos son sugestivos y atrayentes, sin embargo, intentaré referirme a algunos de ellos sin desmeritar a los otros, por supuesto, con el solo propósito de desahogar la emoción que me embargó leer esta sustanciosa obra que solo dejó en mí agradecimiento al autor y una serie de emociones que sabré utilizar muy suspicazmente como insumo en mi trajinar poético cotidiano, iniciando con el que le da título a mi columna en el día de hoy: “El poeta: sus trabajos y los días”. Un minúsculo pero maravilloso ensayo que como poeta te define y te pone de pie frente a un espejo invisible en el cual analizas tu esencia reflejando lo que eres y lo que haces, a más de reconocerte la maravillosa faena imprescindible para la conservación del pensamiento humano.

Los poetas, quienes prefieren laborar solos en la intimidad de su soledad, diferenciándose un poco de las abejas que laboran en comunidad, persiguen, sin duda, el mismo objetivo, mantener viva a la humanidad. El poeta, acompañado de las obsesiones y espíritus que lo rondan, trabaja fascinado por su arte, construyendo versos, justificando su vida y la de los demás, con su obra, a la cual se entrega como un poseso. Una labor que hace, al igual que las abejas, con intensidad y de forma febril, por lo que a veces, adelantándose a su tiempo (en el cual no creo) visiona lo que es y vendrá.

Los poetas nos entregamos con furor, con la disciplina o la indisciplina de la libertad, edificando para todos lo que el autor denomina “la patria de la poesía”. Somos seres solitarios pero acompañados de cómplices que susurran a nuestros oídos toda clase de lamentos, emociones y tristezas intentando que estos se traduzcan en letras que se pulan con tal perfección que al final no haya lugar a que estas sean tan suaves al tacto de los sentimientos que extasíen nuestra existencia ya sea con dolor o alegría, aunque casi siempre sea con tristezas.

Cada momento que nos muestra la vida nos convierte en una especie de masones que labran e intentan pulir a diario su propia piedra y es que al final no importa si lo somos o no, pues la misión de todo hombre es intentar pulir con detalle y humildad su propia existencia sin tregua ni reposo convirtiendo todo en símbolos, ritmos e imágenes, ampliando nuestra realidad sin dejar de soñar, soñándonos como mejores seres humanos.

Por: Jairo Mejía

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