COLUMNA

Vínculo laboral non sancto

Un testimonio personal que revela las prácticas irregulares en la definición de la situación militar en Valledupar, donde influencias, pagos y decisiones médicas facilitaron la expedición de libretas militares al margen de procedimientos formales.

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Cuando cumplí el año de medicatura rural en Valledupar, el Instituto Colombiano de Seguros Sociales (ICSS), seccional Cesar, tenía una vacante en el servicio de urgencias para médico general. Acudí al pediatra Nehemías García Medina, entonces el director regional del ICSS, en búsqueda de que me asignara el cargo disponible. Me dijo que si cumplía los requisitos me lo concedía. Me faltaba la tarjeta profesional que ni siquiera la había solicitado. Obtener dicho documento lo más pronto posible fue mi prioridad porque, a veces por influencias, en el ICSS los nombramientos regionales los adjudicaban en Bogotá.

El Ministerio de Salud, para otorgar la tarjeta profesional, exigía certificación de legitimidad de la libreta militar. El día que fui a solicitarla al Distrito Militar de Valledupar, su secretario, con visible alegría, me dijo: “Médico, usted vino enviado por Dios porque hoy necesitamos un médico y ya voy a llamar al comandante del distrito para que hable con usted”. El secretario, amablemente, me ofreció asiento dentro de su recinto mientras esperaba al comandante. Entretanto, me dice: “Médico, su tarjeta fue expedida en el Distrito Militar de la ciudad de Cali, donde hay que remitir su solicitud, lo que demora la entrega de la constancia; si usted la necesita con más rapidez tendría que viajar a Cali. No obstante, creo que se le podría entregar hoy mismo, pero depende de su entrevista con el comandante”. Por tal impudor, preferí guardar silencio.

El comandante, en su despacho privado, cordialmente me dijo: “Doctor Romero, su llegada a solicitar la consabida certificación ha sido oportuna, porque hoy necesito un médico para que le haga examen físico a un grupo de jóvenes para definirles la situación militar. Si usted me hace el favor, le pagaría más de 60 mil pesos”. La oferta de tal cifra me asustó tremendamente, porque era más de 20 sueldos de los que ganaba en el Hospital Rosario Pumarejo de López (HRPL); solo pude responderle que no tenía experiencia en cómo se hacía ese examen. “No importa, además, le entregaría la certificación que usted requiere con premura”, me respondió el comandante. Acepté por la posibilidad de lograr el puesto del ICSS.

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