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Inesperado comienzo (Tercera parte)

En tiempo breve, el puesto de salud de la Casa Indígena de Valledupar fue acreditado para hacer medicatura rural, y en seguida me trasladaron a ese puesto

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En tiempo breve, el puesto de salud de la Casa Indígena de Valledupar fue acreditado para hacer medicatura rural, y en seguida me trasladaron a ese puesto. Condescendencia que me generó inmensa alegría y, además, a guardarle mucha gratitud y lealtad a mi colega Jaime Guerra Márquez, por haberme concedido la oportunidad de prestarle servicio médico a la gente de varios corregimientos del municipio de Valledupar, especialmente a los habitantes de Guacoche, Guacochito y El Jabo, donde viven muchos de mis familiares.

La reubicación laboral me tranquilizó hondamente porque me evitó la tentación del coqueteo seductor de estudiantes adolescentes del colegio femenino Prudencia Daza, ya que algunas solicitaban atención médica sin tener malestar de salud. Y a los ancianos del asilo ‘Hermanitas de los Pobres’ los seguí atendiendo gratuitamente.

Cuando hacía los turnos nocturnos de urgencias en el Hospital Rosario Pumarejo de López (HRPL), también atendía las urgencias del Instituto Colombiano del Seguro Social (ICSS), debido a que las sedes de ambas instituciones quedaban aledañas. La atención de los pacientes del ICSS era remunerada a destajo.

Solía ir a Nabusimake (pueblo espiritual y cultural de la etnia arhuaca) y a otros lugares vecinos, y le proporcionaba servicios de salud a los indígenas. En esta misión establecí gran amistad con el mamo Liberato Crespo y otros personajes del pueblo arhuaco como Leonor Zalabata (actual representante permanente de Colombia ante las Naciones Unidas) y con la familia Pacheco, que entre sus miembros había un médico, un odontólogo, una bacterióloga y una enfermera, ‘Ocha’, mi auxiliar.

En Valledupar, a mi casa se presentó Alberto Restrepo, entonces prestigioso hematólogo profesor de la Universidad de Antioquia, acompañado por una comitiva que estaba haciendo investigaciones sobre hemoglobinopatías de América; fueron a pedirme el favor de que les colaborara para tomar muestras de sangre a indígenas en la región de Nabusimake, donde el mamo Liberato Crespo les había negado la ayuda. El doctor Restrepo me dijo: “Doctor Romero, Luis Napoleón Torres (que fue asesinado por paramilitares), subalterno del mamo, nos dijo que recurriéramos a usted para que intercediera para la toma de las muestras de sangre”.

Ese mismo día viajé a Nabusimake con el hematólogo científico y su séquito. Después de hablar con Liberato Crespo, las jeringuillas no alcanzaron para recoger las muestras a todos los indígenas voluntarios. El doctor Restrepo se despidió muy satisfecho y me puso la Universidad de Antioquia a la orden. Posteriormente necesité su influencia, episodio que relataré en otro capítulo.

En aquel tiempo, por Nabusimake andaba un grupo de sociólogos, antropólogos y otros jóvenes profesionaleshombres y mujeres− pregonando el marxismo-leninismo. Ellos me creían partidario del grupo político “Mayorías Liberales” del departamento del Cesar, dirigido por Pepe Castro, Edgardo Pupo y Armando Maestre Pavajeau, mis amigos mecenas de la Casa Indígena de Valledupar. Varios de los profesionales en mención fueron retenidos por las autoridades portando afiches que contenían imágenes de Fidel Castro y del ‘Che’ Guevara. Uno de los detenidos, hermano de un colega especialista en cirugía plástica y mi profesor de pregrado en la Universidad del Valle, me pidió que ayudara a su hermano. Le pedí el favor a Pepe Castro para que mediara por la liberación de los detenidos y, en efecto, fueron liberados.

Después me encontré con estos militantes de juventudes socialistas, me invitaron a comer y a beber cerveza, y me revelaron que ellos fueron los autores de la información que entonces publicó la revista Alternativa en una página completa que, entre otras utopías, dice: “Que mientras yo paseaba en lujoso automóvil por las calles de Valledupar, los indígenas se morían por tuberculosis en la Sierra Nevada de Santa Marta”. Lo único cierto era que yo tenía un automóvil Renault-12 nuevo de color beige, comprado −valga la publicidad− en el concesionario Marautos de Valledupar.

Por: José Romero Churio

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