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Inesperado comienzo (Tercera parte)

En tiempo breve, el puesto de salud de la Casa Indígena de Valledupar fue acreditado para hacer medicatura rural, y en seguida me trasladaron a ese puesto

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En tiempo breve, el puesto de salud de la Casa Indígena de Valledupar fue acreditado para hacer medicatura rural, y en seguida me trasladaron a ese puesto. Condescendencia que me generó inmensa alegría y, además, a guardarle mucha gratitud y lealtad a mi colega Jaime Guerra Márquez, por haberme concedido la oportunidad de prestarle servicio médico a la gente de varios corregimientos del municipio de Valledupar, especialmente a los habitantes de Guacoche, Guacochito y El Jabo, donde viven muchos de mis familiares.

La reubicación laboral me tranquilizó hondamente porque me evitó la tentación del coqueteo seductor de estudiantes adolescentes del colegio femenino Prudencia Daza, ya que algunas solicitaban atención médica sin tener malestar de salud. Y a los ancianos del asilo ‘Hermanitas de los Pobres’ los seguí atendiendo gratuitamente.

Cuando hacía los turnos nocturnos de urgencias en el Hospital Rosario Pumarejo de López (HRPL), también atendía las urgencias del Instituto Colombiano del Seguro Social (ICSS), debido a que las sedes de ambas instituciones quedaban aledañas. La atención de los pacientes del ICSS era remunerada a destajo.

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