Hay momentos en que las semillas de la vida, sin previo aviso, se esparcen y germinan, y de nuestra madre, que es la Tierra, brotan minúsculas luces que indican la prolongación de nuestra existencia, dejándonos como faros en tiempos de oscuridad para guiar esas tímidas y titilantes luces que llevan el ritmo de nuestro corazón.
No hay forma de describir el emotivo instante en que la diminuta mano de un recién nacido aprieta tu dedo, y mucho menos lo que aquellos ojitos curiosos te dicen con la mirada cargada de ternura. Le pones palabras en su boca, aun ausentes y desconocidas en su ser; te embobas y te despojas de tu fortaleza ante la caricia que buscas de su piel tan delicada y tersa. Desnudas tu mente y la expones ante lo que irradie aquel recién llegado a tu vida.
Si bien es cierto que el amor de un padre hacia sus hijos es algo maravilloso, considero que el amor que despierta la llegada de un nieto lo supera sin poder cuantificar su esencia. Es entonces cuando piensas y reflexionas que valió la pena hacer las tareas, agradeciendo al Gran Eterno el haberte permitido hallar de nuevo el camino a casa cuando en ocasiones te desviaste y te extraviaste entre muchas apariciones mundanas que te apartaron de él. Cuando no importa si dejas ver una lágrima que se vierta por tu mejilla ante cualquiera porque es el desahogo de la más inmensa alegría que puede experimentar algún hombre en su vida. Cuando observas tus manos, tal vez arrugadas, dobladas y hasta deterioradas que sostienen con firmeza el diminuto cuerpo de un ser que es sangre de tu sangre y elevas consciente o hasta inconscientemente esa plegaria de agradecimiento al Creador, que te haya creado a su imagen y semejanza y te haya permitido también dar vida con su vida.
Mis queridos lectores, hoy, la emoción me embarga al permitirme al menos intentar describir con palabras la inmensa alegría y emoción que se siente cuando llega un nieto a tu vida. Antes, había llegado Paolo, “mi compadre del alma”, como le digo con afecto; hoy llegó Lorenzo, a quien he denominado “mi compadrito del alma” y me pregunto: ¿será que hay algo más hermoso, dulce o divino que tener en nuestros brazos a un nieto? No he sentido otra emoción parecida en mi vida.
Tal vez mis manos y mi rostro ahora están curtidos por la edad, pero agradezco la sapiencia que me ha dado la vida y que ahora fluya en relatos e historias del pasado, y por qué no del futuro, también, para contarle a mis nietos lo hermosa que es la vida y el amor de la familia. Tal vez haya memorizado algunos cuentos para contarles, pero hay otros que nacen sin necesidad de la memoria para extasiar a mis nietos; pues éstos serán mis regalos mientras viva para ellos. No me importa si ya se me escapan algunos nombres porque los de ellos son como murmullos en el aire que acarician a cada rato mis oídos, haciendo emanar de mis ojos un amor que solo se puede transmitir con ellos.
¡Hola, aquí está abuelo! No me cansaré de decirles, aunque me regañen diciéndome que baje la voz porque lo digo gritando, la verdad no me doy cuenta de ello y no me interesa si me reprenden o no. Con Paolo he disfrutado acariciando su pelo, cuando lo escucho con asombro como si fuera el más inteligente y sorprendente de los niños, superando incluso a cualquier adulto. Ahora, tal vez echo de menos la forma en que lo acunaba para dormirse alguna noche, pero aún tengo la oportunidad de dormirme con él en algunas ocasiones. Ahora, tembloroso intento acariciar el fino cabello de Lorenzo ante la mirada expectante de mi hija, cual fiera atenta a cualquier cosa que pueda suceder con su cría. Pero ella lo saluda y le dice que llegó abuelo y él, como si me conociera de siglos atrás (creo que sí), despepita sus ojitos buscando en este extraño mundo a la voz que le interrumpe su pereza constante de bebé.
Paolo y Lorenzo, mi compadre y compadrito del alma, gracias por permitirme ser su abuelo en este mundo maravilloso, por ser mi prolongación y mis compañeros de viaje, porque de alguna u otra forma todos somos viajeros mientras dormimos tanto en la vida como en la muerte.
Por: Jairo Mejía
