La descomposición económica del país, reflejada en niveles históricos de deuda y déficit fiscal, está enmascarada por la revaluación del peso que, por cierto, no se debe en nada a la gestión del gobierno, excepto en lo malo. El peso está más fuerte por el debilitamiento del dólar y su erosión como moneda refugio, pero también por el aumento sustantivo de las remesas y tres bonanzas simultáneas, la del café, el oro y la cocaína. Este año, las remesas estarán por los USD 13.000 millones. El café combina los mejores precios en cincuenta años y la producción más alta desde 1992. El oro superó los USD 4.500 la onza. La extraordinaria producción de cocaína, en cambio, se debe a Petro y sus políticas. Para 2024, se produjeron alrededor de tres mil toneladas.
La coyuntura de más dólares y más baratos, y precios menores de los productos importados, ha permitido un mayor consumo de los hogares que, en lo sustantivo, explica el crecimiento de la economía para 2025 después de dos años de anemia.
Pero detrás de la coyuntura, la situación es insostenible. Aunque los presupuestos con que ha contado son los más altos de la historia, y saltaron de $350,4 billones en 2022 a $546,9 billones el próximo año, un 56 % más, nada le alcanza a Petro. Para rematar, la tributaria de su primer año espantó a muchos. Según cifras de la DIAN, el 28 % de los más ricos se fueron del país para no pagar las excesivas tarifas de esa reforma. Además, contrario a lo que predicaban, la reforma tributaria exacerbó la desigualdad: la participación en el recaudo de impuestos al patrimonio de los más ricos cayó cerca de un 10 % y el recaudo total está disminuyendo.





