Doña Juana Jiménez era una mujer diminuta, muy delgada y no alcanzaba los ciento cincuenta centímetros de estatura. Sus rasgos eran los típicos de la mujer indígena; sin embargo, su estatura y su talla eran inversamente proporcionales a su influencia y generosidad. Era el epicentro de su familia porque, como dije, sus hijos e hijas colindaban con la finca central, Villanueva.
No tengo clara la historia, en el sentido de si esa hacienda en el pasado haya sido una gran extensión que luego fue parcelada, como ocurrió con muchas de las haciendas de la región. El caso es que Villanueva era el recuerdo de vestigios de riqueza. La casa central de la mayoría era un caserón antiguo, de material y tejas de barro; corrales de madera a los que ya se les notaba el tiempo, bodegas, cuartos de maquinaria y una planta eléctrica diésel que hacía de ella el epicentro de todas las celebraciones y eventos especiales.
Se parecía mucho a Brasilia, quizás por eso tenía algo especial que me encantaba.





