Colombia tiene enhiesto presidente. Y esa afirmación, que debería ser apenas la consecuencia natural de una elección democrática, adquiere esta vez una dimensión mayor: significa que terminó la campaña y que, por encima de vencedores y vencidos, comenzó el tiempo de las instituciones.
Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia acompañado por José Manuel Restrepo en la Vicepresidencia. Su posesión en Cali, lejos del escenario tradicional de la Plaza de Bolívar, tuvo una poderosa carga simbólica. El nuevo mandatario quiso hablar desde la seguridad, la autoridad y el orden, tres conceptos que atravesaron su campaña y que ahora deberán abandonar el territorio de la consigna para someterse a la prueba implacable del gobierno.
De la Espriella llega con un perfil poco convencional. Abogado litigante, empresario y comunicador eficaz, construyó una identidad política alrededor de un lenguaje directo, una personalidad dominante y una reivindicación vehemente de la autoridad. Esa capacidad contribuyó a llevarlo al poder. Gobernar exige algo más difícil: convertir carácter en conducción, firmeza en resultados y liderazgo electoral en legitimidad institucional.





