De tanto leer compendios y obras de la escuela existencialista de Soren Kierkegaard, Martin Heidegger y Jean Paul Sartre, he empezado a reflexionar con claridad sobre la vida que vivimos. El uno dice que el individuo precede a la esencia, el otro que el ser como estructura la precede y el tercero que nacemos sin un propósito; en fin, que la existencia precede a la esencia.
Vivimos una vida inauténtica como si fuéramos inmortales. Vacilamos ante las situaciones cotidianas por estar pendientes de lo que dicen, piensan y hacen los demás, como si en ellos estuvieran las soluciones de nuestros problemas e inquietudes.
Vivimos una existencia poblada de fantasías y sin criterios propios; y cuando queremos aterrizar descubrimos que ya es tarde, porque el tiempo se ha escapado entre suposiciones, apariencias y preocupaciones ajenas a la realidad. Se nos ha ido la vida esperando el momento perfecto para empezar a vivirla, sin advertir que ese instante siempre estuvo latiendo en el presente. Nos cuesta dar el salto de fe que conduce al reencuentro con nosotros mismos, porque ese salto exige desprenderse de las máscaras, de los aplausos y también de los miedos.





