Este mundial de fútbol, con 48 equipos, nos tiene a los aficionados con los pelos de punta. Le faltan horas al día para ver los partidos, casi que la dedicación es exclusiva a ver fútbol, a alentar, a sufrir. México, Canadá y los Estados Unidos, donde me encuentro, se han lucido. Los estadios que hemos visto, el ambiente en las tribunas y en las diferentes ciudades, son la evidencia clara e inobjetable de la buena organización de este gran evento. Cada 4 años el planeta se paraliza para ver rodar una pelota, para emocionar a millones, sólo el fútbol logra tal impacto. Los Juegos Olímpicos también son apasionantes, su riqueza se centra en la variedad de deportes y especialidades, pero el fútbol nos gusta a la gran mayoría y por 5 semanas no se habla de otra cosa.
Llegué esta semana a Estados Unidos. Hace un año estuve por aquí, paseando, en familia y celebrando el 4 de julio. Hoy, regreso para lo mismo, pero agrego el motivo del mundial de fútbol. Llegué con la ilusión de comprar la camiseta del país anfitrión, pero encuentro que están agotadas. Voy al mall a darme una vuelta y la gente tiene sus camisetas puestas. Todos los países y nacionalidades están presentes en este país. La gente celebra en paz, respetando al otro y reconociendo que, a pesar de los resultados finales, el contendor puede ser mejor. Se vive un ambiente de armonía y felicidad al mismo tiempo; la humanidad se une en un abrazo fraterno, en una competencia, viendo cómo unos ganan y otros van regresando paulatinamente a sus hogares.
Hablemos de Colombia. Con tranquilidad, pero de manera sensata, reconocemos que ha hecho un gran mundial. La fase de grupos mostró un equipo que fue mejorando con el paso de los partidos, los jugadores están disfrutando lo que hacen, la fanaticada colombiana está considerada como una de las mejores del torneo y los resultados se nos están dando. La cosa pinta bien, pero hay que llamar al equipo a mantener la cabeza sobre los hombros y a seguir avanzando etapa tras etapa con humildad, sobre todo eso: con humildad. Uzbekistán, República Democrática del Congo y Portugal -ese gol de Dávinson Sánchez, merecido por demás, dejó muchas dudas al trazar las líneas que dejaron la punta de su botín expuesta- fueron cediendo poco a poco ante el buen juego de los cafeteros. Da gusto ver jugar a la selección, esperemos que con Ghana y luego con los que vengan, incluidas Argentina y Francia, Colombia siga por la ruta del éxito y siga llenando de orgullo nuestros corazones. James y todo su combo, el profesor Lorenzo y su cuerpo técnico, se lo merecen. Cada uno de nosotros, que llevamos años apoyando a la tricolor, nos lo merecemos, nos lo hemos trabajado. ¡Vamos Colombia!
