Fredy Maestre tiene 55 años y las manos curtidas por los cayos que deja la tierra. Cada línea en su piel cuenta la historia de un hombre que ha vivido entre el golpe del hacha, el filo del machete y el peso del azadón, en una pequeña parcela familiar en las estribaciones de la Serranía del Perijá, en Urumita, La Guajira.
Como él, cientos de agricultores siembran café, cacao, plátano, aguacate y frutales en pequeñas fincas que apenas sostienen la esperanza. Son sistemas productivos frágiles, sin asistencia técnica del ICA, Agrosavia ni de las UMATA. Son parte de una Colombia rural que lleva décadas cultivando pobreza: 11 millones de compatriotas sin relevo generacional, sin oportunidades y, para el sistema financiero, sin existencia.
La semana pasada, Fredy intentó tramitar un crédito de 14 millones en el Banco Agrario para ampliar sus cultivos. Quería comprar dos hectáreas a un familiar y sembrar café, frijol y plátano. Pero una deuda ya saldada con una compañía de telefonía seguía reportada en la CIFIN, y eso bastó para declararlo “no viable”. Como si fuera poco, le exigieron autorización de CORPOGUAJIRA para cultivar lo que lleva sembrando toda su vida en una zona declarada reserva forestal, y un certificado de la Junta de Acción Comunal que acreditara la sana posesión de sus tierras.





