“Desde niño me tocó escuchar que los hombres no lloran. A veces no era consejo, era insulto. Bastaba un golpe jugando pelota para que alguien gritara: ‘¡Ahí va la nena!’. Hoy estoy tan destrozado que intento llorar para desahogarme y ni una sola lágrima sale” (testimonio clínico modificado según Ley 1090 de 2006
Este eco no es un caso aislado; es una tragedia silenciosa que recorre las calles de Valledupar y los patios del Cesar. Entre el cauce del Guatapurí y los aguaceros repentinos de nuestra Costa, existe un torrente invisible de emociones que nunca llegan a caer. ¿Por qué en nuestra región el silencio se convirtió en sinónimo de hombría y cuáles son las secuelas de este analfabetismo emocional?
Históricamente, se ha impuesto un modelo donde la vulnerabilidad es sinónimo de debilidad y el llanto es visto como una renuncia a la masculinidad. No es un mensaje aislado: lo transmiten abuelos, padres, tíos y amigos, hasta convertirlo en un mandato cultural reforzado, incluso, por nosotras las mujeres en nuestro rol de madres. Al decir “los niños no lloran”, naturalizamos una represión que fractura la identidad desde la infancia.
La ciencia detrás del silencio. La psicología del desarrollo, a través de autores como John Bowlby, explica que, cuando un niño aprende que expresar dolor genera rechazo desarrolla un apego inseguro que limita su capacidad de establecer vínculos sanos en la adultez. Esta “incongruencia personal” que describía Carl Rogers se disfraza frecuentemente de una “hombría” rígida, pero por dentro es un vacío que enferma.
Como demuestra Daniel Goleman, la incapacidad de nombrar las emociones crea adultos con dificultades crónicas para manejar la frustración. Lo que el corazón calla, el cuerpo lo termina gritando: las lágrimas contenidas se transforman en ansiedad, irritabilidad o silencios explosivos. Las cifras nos dan la razón: según la Secretaría de Salud del Cesar (2023), el 32 % de nuestra juventud presenta síntomas de ansiedad y depresión, mientras la terapia sigue siendo un tabú por miedo al juicio social.
El paisaje vallenato es nuestra mejor metáfora: ríos que se secan por fuera mientras la corriente interna sigue socavando la tierra con fuerza destructiva. No hay acto de mayor valentía que la de un hombre que se atreve a reconocer su propio dolor ante un mundo que le exige ser de piedra.
Desde mi enfoque y Especialización en Psicología Educativa, sostengo que la psicoterapia es el espacio sagrado donde el nudo en la garganta se transforma en palabra y la vulnerabilidad en libertad. Es urgente enseñar en hogares y escuelas que la verdadera fortaleza radica en ser profundamente humanos.
Levantarse no es secar las lágrimas con rabia; es permitir que corran para limpiar el camino. Es momento de dejar que el río interior recupere su cauce.
Por: Dayana Ibarra Luque
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Psicóloga – Especialista en Psicología Educativa psicdayanaibarra@gmail.com
