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Entre inseguridad y pena; así viví el festival vallenato

¿Pero qué culpa puede tener la melodía del fuelle ante la desidia de quienes ostentan el poder? El festival, en su esencia más pura, es un oasis de hospitalidad donde Valledupar abre sus puertas para transformarse en la casa de todos.

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Valledupar, en este mayo que se despide con un sol de plomo y una brisa que no alcanza a refrescar el alma, se ha convertido en el escenario de una paradoja cruel. El Festival de la Leyenda Vallenata, ese rito sagrado que esperamos con la devoción de un exvoto, ha terminado, y con él, se ha esfumado la ilusión de quien aguardaba en sus notas la redención del espíritu. Este año, sin embargo, el festival se ensañó conmigo; fue un anfitrión huraño, un amante desagradecido que cambió el júbilo por el desasosiego. Pareciera que la música, en lugar de elevarse sobre las copas de los mangos, se hubiese quedado enredada en la maleza de una realidad que nos supera.

¿Pero qué culpa puede tener la melodía del fuelle ante la desidia de quienes ostentan el poder? El festival, en su esencia más pura, es un oasis de hospitalidad donde Valledupar abre sus puertas para transformarse en la casa de todos. Es ese imán invisible que hace que el forastero, una vez embriagado por el olor a tierra mojada y el sonido del son, se resista a la partida. Sin embargo, este año la alegría fue un bien escaso, sitiado por una sombra que decidió caminar entre nosotros: la inseguridad.

La tragedia comenzó con una ironía del destino que roza lo poético y lo trágico. En medio del desfile de las piloneras, allí donde el folclor danza al ritmo de los pasos ancestrales, el crimen dio su primer zarpazo. Mi tía vio cómo su vehículo, ese Mazda Allegro que era el confidente de sus trayectos al trabajo y el carruaje que llevaba a sus hijos a besar a su abuela, desaparecía en el fragor de la multitud. Es desgarrador pensar que el destino de ese compañero de vida sea terminar desvalijado en algún rincón anónimo del mundo, reducido a piezas inconexas, tal como se fragmentó la tranquilidad de nuestra familia.

La hospitalidad, ese orgullo vallenato, fue herida de muerte cuando mi invitado, un amigo que recorrió las distancias desde Medellín para descubrir nuestra magia, recibió por bienvenida el frío cañón de un revólver contra la sien. El alipori fue absoluto; la vergüenza me quemaba el rostro mientras él entregaba sus pertenencias en una ciudad que yo le había prometido como un paraíso. La violencia no se detuvo allí; en la esquina de mi propio hogar, el estruendo de un disparo rompió el aire por la futilidad de una cadena de oro. Un hombre, un empresario, un hermano, cayó herido en la pierna, marcando el asfalto con la sangre de la decepción.

Me invade una pena profunda, un dolor ciudadano que se siente como una traición personal. Valledupar es más que estas noticias de atracos y desvalijamientos que hoy empañan los titulares. Quiero que el mundo nos vea a través de la poesía de Escalona y la valentía de Alejo, y no a través del cristal roto de un asalto. Al final, el festival nos deja el eco de sus acordeones, pero esta vez, el sonido viene acompañado de un suspiro amargo: el de una ciudad que ama entrañablemente, pero que hoy llora por la fragilidad de su propia belleza.

Al final, emerge una certeza que se asienta con la pesadez del mármol: el Festival no fue mi verdugo, sino una víctima más de quienes lo desfiguraron con su indolencia. Fueron otros los que permitieron que el estruendo de la pólvora profanara la elegancia del aire vallenato. Y aun así, me resisto con ferocidad a renunciar a él; porque hay legados —como la melodía del alma y la esperanza inmarcesible— que no deben pagar el tributo de una culpa que no les pertenece.

A todos aquellos que hoy se marchan con el corazón herido y el sabor amargo de la zozobra, les ofrezco mis más sentidas disculpas en nombre de esta tierra. Valledupar es, y ha sido siempre, un remanso de bondad y hidalguía; nuestro único yerro, nuestra herida más profunda, ha sido la orfandad de liderazgo, por no haber tenido la fortuna de ungir con nuestro voto a mandatarios que estuvieran a la altura de la grandeza de nuestro pueblo.

Por: Jesús Daza Castro

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