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El retiro (tercera parte)

Definitivamente, era la finca soñada, tal como la estaba buscando. Lo demás se podía arreglar

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A esa hora de la madrugada y después del festín de frutas, creo que nadie pudo dormir. Algunos colgaron hamacas y los demás nos tendimos en el patio de arena a contemplar la luna, que parecía un enorme queso redondo sobre nuestras cabezas. Todo el patio estaba cubierto por esa arena blanca que nada tenía que envidiarle a la de una playa y, con el frío de la madrugada, el ambiente era maravilloso. Salvo por los zancudos, las culebras y los ciempiés, todo era bello.

Mi papá era un excelente cuentero. Solo se escuchaba su voz a esa hora, contando historias una tras otra, lo que mantenía fascinados a los demás. De vez en cuando se escuchaban las carcajadas provocadas por sus ocurrencias, hasta que poco a poco se fue quedando en silencio y la luz del mechón se fue apagando.

Cuando amaneció, el paisaje era distinto. La finca había sido desocupada por sus antiguos dueños y, al permanecer sola durante muchos días, la maleza casi había rodeado las casas, así que la primera decisión fue limpiar hasta mucho más allá de las cercas de los alrededores.

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