El salario mínimo suele presentarse como una variable moralmente saludable: su aumento se anuncia como sinónimo de justicia social, dignificación del trabajo y mejora del bienestar social o colectivo. Sin embargo, cuando se examina desde la lógica matemática, financiera y la filosofía práctica, emerge una paradoja que convierte dicho aumento en lo que coloquialmente podría llamarse un “engañabobos”: un movimiento aparente que no altera la posición real del trabajador dentro del sistema económico.
Con lo poco que he estudiado sobre economía y finanzas, observo cómo, desde la lógica matemática elemental, el poder adquisitivo puede expresarse como una razón:
Pc = Sm / Ca
Donde Pc es el poder de compra, Sm el salario nominal y Ca el costo agregado de los bienes y servicios necesarios para vivir. Si el salario mínimo (Sm) aumenta en una proporción determinada, pero el costo de vida (Ca) aumenta en una proporción similar o mayor, el valor de (Pc) permanece constante o incluso disminuye. El cambio, entonces, es puramente nominal y no real. Matemáticamente, el sistema se comporta como una función invariante: se altera la cifra visible, pero no el resultado efectivo, una mera confusión ilusionista que maltrata al mismo entusiasmo de la pobreza y sus ataduras.
Esta confusión revela un principio lógico fundamental: no todo incremento es progreso. Confundir aumento con mejora equivale a confundir cantidad con valor, una falacia clásica. El error no está en la suma, sino en el contexto. El salario mínimo no opera en el vacío, sino dentro de un sistema dinámico donde precios, impuestos, tasas de interés, canasta familiar, mercados y expectativas del mercado reaccionan casi de inmediato y se mueven en la misma dirección. El incremento salarial se traslada a los costos de producción; los costos se trasladan a los precios; los precios neutralizan el aumento inicial del salario. El circuito se cierra sin que el trabajador avance un solo paso.
Desde la filosofía, esto puede leerse como una ilusión política sustentada en la función de lo económico: se cree que modificar el nombre o la cifra de algo modifica su esencia. Hay que tener mucho cuidado con aquellos que proyectan las sombras desde la ignorancia, desde el populismo y desde el resentimiento contra las clases productoras; aquí, el salario mínimo elevado es una sombra que simula bienestar sin crearlo. El trabajador ve un número mayor en su recibo, pero enfrenta el mismo mercado, ahora más caro. La libertad material prometida se disuelve en la experiencia cotidiana del consumo restringido.
Además, desde la ética, la justicia no consiste en igualar cifras, sino en preservar la realidad de las proporciones justas. Un salario que no guarda proporción con el costo real de la vida no es justo, aunque sea más alto que antes. Y desde luego, podría afirmarse que usar el aumento del salario mínimo como instrumento propagandístico convierte al trabajador en un medio para fines políticos, no en un fin en sí mismo.
Así, el “engañabobos” no reside en el aumento del salario mínimo en sí, sino en presentarlo como solución autosuficiente. Mientras no se controle el crecimiento de los precios, la productividad real y la estructura del mercado, el salario mínimo seguirá siendo una variable fuera de todo raciocinio, gobernada por las emociones insanas. Por lógica aparenta consistencia, pero filosóficamente vacía; matemáticamente correcta, pero existencialmente estéril. El verdadero progreso no se mide en cifras aisladas, sino en transformaciones reales del poder de vivir.
No existe persona alguna que juegue más con la esperanza de la gente que un mago disfrazado de político economista, con cerebro vacío y sin la noción más mínima de los principios básicos para una sana economía, que convierte en realidad instantánea todo lo que toca para desvanecerlo con la desilusión cuando aparece el sentimiento negativo de su actuación.
Que viva el salario mínimo, siempre y cuando su aumento o disminución obedezca a un análisis de causas y efectos sustentados bajo una economía sana, vista desde la equidad social. La filosofía de la vida abarca tanto a ricos como a pobres, pero en las proporciones justas.
Por Fausto Cotes N.





