Leí alguna vez que en un reino africano llamado Abomey, hace mucho tiempo, su rey Gle-Gle, cuando quería informar de algo a su difunto padre, llamaba a un prisionero, le hacía aprender de memoria el mensaje que tenía que transmitir en el más allá y luego ordenaba que le cortaran la cabeza.
Todos, aunque sea por una última vez, hemos querido conversar por un instante con algún muerto conocido, aunque unos pocos quieran hacerlo con algún desconocido. Y no es que sea algo que raye en la locura o en lo sobrenatural, aunque de por sí lo sea, pero una conversación con un muerto cualquiera la ha deseado. ¿Quién no querría oír al otro lado de la línea telefónica la voz de su madre, padre, hijo, hermano, etc., fallecido, aunque sea por una última vez, como lo dije? O hasta sentarse a tomar una taza de café o disfrutar una comida con aquel que sabemos que jamás volverá.
Mis queridos lectores, se me ocurrió escribir esta columna sobre este tema, un poco fuera de lo común, ante algo extraordinario que me sucedió en una visita que realicé hace un par de meses al cementerio donde se encuentra la tumba de mi madre. Reconozco que no soy asiduo visitante del lugar, y son pocas las ocasiones en las que visito el camposanto, tal vez porque siento que mi madre ya no está ahí donde la sepultamos y que resulta en vano quedarse mirando al suelo imaginando que ahí está solamente dormida, disfrutando un sueño eterno. Sin embargo, en esta oportunidad, al intentar hablar con ella ahí frente a su tumba, imaginándome sus respuestas, percibí que alguien de cerca me observaba. Guardé silencio, procurando tener un poco de compostura y no parecer un loco que hablaba solo.
