Leí alguna vez que en un reino africano llamado Abomey, hace mucho tiempo, su rey Gle-Gle, cuando quería informar de algo a su difunto padre, llamaba a un prisionero, le hacía aprender de memoria el mensaje que tenía que transmitir en el más allá y luego ordenaba que le cortaran la cabeza.
Todos, aunque sea por una última vez, hemos querido conversar por un instante con algún muerto conocido, aunque unos pocos quieran hacerlo con algún desconocido. Y no es que sea algo que raye en la locura o en lo sobrenatural, aunque de por sí lo sea, pero una conversación con un muerto cualquiera la ha deseado. ¿Quién no querría oír al otro lado de la línea telefónica la voz de su madre, padre, hijo, hermano, etc., fallecido, aunque sea por una última vez, como lo dije? O hasta sentarse a tomar una taza de café o disfrutar una comida con aquel que sabemos que jamás volverá.
Mis queridos lectores, se me ocurrió escribir esta columna sobre este tema, un poco fuera de lo común, ante algo extraordinario que me sucedió en una visita que realicé hace un par de meses al cementerio donde se encuentra la tumba de mi madre. Reconozco que no soy asiduo visitante del lugar, y son pocas las ocasiones en las que visito el camposanto, tal vez porque siento que mi madre ya no está ahí donde la sepultamos y que resulta en vano quedarse mirando al suelo imaginando que ahí está solamente dormida, disfrutando un sueño eterno. Sin embargo, en esta oportunidad, al intentar hablar con ella ahí frente a su tumba, imaginándome sus respuestas, percibí que alguien de cerca me observaba. Guardé silencio, procurando tener un poco de compostura y no parecer un loco que hablaba solo.
Sentí cómo se aproximaba hacia mí y, con diplomacia, carraspeó antes de darme las buenas tardes. Le respondí un poco tímido el saludo sin mirarlo, habiéndose ya ubicado a mi lado. El silencio era absoluto, que incluso podría jurar que sentía el trajinar afanoso de las hormigas que buscaban alocadamente hacerse camino entre la hierba para quizás llegar a lo más profundo de la tierra, en donde aún con seguridad se saciaban del contenido de los ataúdes dispuestos en la zona. —Hace un rato te observo —me dijo. Yo, un poco avergonzado ante lo que podía haber pensado por el monólogo que había iniciado, simulando hablar con mi madre, guardé silencio sin saber qué decir. Ahora, parecía que hasta las hormigas se habían detenido, expectantes ante la conversación que iniciaba con aquel extraño.
Él de nuevo tomó la iniciativa y, con un tono pausado y una voz que parecía estar en susurro, me preguntó: —¿Desde hace cuánto estás muerto? Y fue ahí cuando mis ojos se despepitaron ante semejante pregunta. —¡Perdón! —contesté casi gritando y muy sorprendido. Volteé la mirada hacia él, quien miraba a lo lejos con su rostro pálido, sin inmutarse.
No salía del aturdimiento y supuse que debía ser una especie de broma de muy mal gusto, y pensé a la vez que el hecho de no conocerme no le daba el derecho a bromear de esa forma en aquel sitio. Le dije en tono serio que me respetara, que no lo conocía y no era un lugar para ese tipo de bromas.
Ahora, me sentía un poco malgeniado y confundido y, mientras pensaba qué más podía decirle a aquel extraño, él me volvió a preguntar: —¿Estás muerto, también? —Pues no, no estoy muerto —le contesté en tono airado. —Entonces, ¿qué haces aquí? —preguntó. ¡Cómo! ¿Que qué hago aquí? Pues, visitando la tumba de mi madre, o ¿es que acaso no lo ves? —Disculpe si lo incomodé con mi pregunta, pero pensé que también estaba muerto, como yo lo estoy.
En ese momento sentí que un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y una especie de hormigueo se quedó en mi nuca, y pensé que las hormigas que habían guardado silencio durante aquel instante, escuchando la conversación, habían subido sin darme cuenta hasta mi cabeza. Debí haber palidecido por completo, pues él me preguntó si me sentía bien y ahora no estaba seguro; la voz la escuchaba ahora lejana y un zumbido dentro de mi cabeza me impedía escucharlo con claridad, y después todo fue oscuridad. Me despertó un trabajador del camposanto. —Señor, ¿está usted bien?
Por Jairo Mejía





