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Acupuntura Macondiana para un mundo convulso 

En estos días de enero que amanecen con noticias que parecen sacadas de un sueño febril….

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En estos días de enero que amanecen con noticias que parecen sacadas de un sueño febril —intervenciones lejanas que sacuden nuestras fronteras, amenazas que cruzan océanos y llegan como vientos huracanados a nuestra tierra—, me pregunto, sentipensando en mi tierra de acordeones y realismo mágico: ¿dónde quedó esa brisa suave que cura, esa que brota del corazón y no del miedo?

El país tiembla con los ecos geopolíticos: capturas allende los mares, palabras presidenciales que suenan a tambores de guerra, incertidumbres que hacen volar mariposas amarillas de ansiedad sobre nuestros techos de zinc y asbesto-cemento. Pero yo, arquitecta de sueños y sanadora de espacios con mi Acupuntura Macondiana —ese trencadís y mosaiquismo que inserto como agujas de color en las venas heridas de lo público y lo privado—, les digo con el alma abierta: el arte, la cultura, el respeto y el amor son los verdaderos antídotos contra el miedo, el odio y la desconexión.

Imagínense un instante, como en los tiempos de Macondo cuando llovían flores: un niño en el patio de una casa de bahareque, escuchando el canto de las guacamayas que bajan de la Sierra Nevada; una mujer tejiendo una mochila arhuaca, puntada a puntada, colmando su sentipensar mientras el viento trae trinos de colibríes desde la Serranía del Perijá; un mural en trencadís brillante en el puente que une barrios divididos, donde los amarillos del cañaguate, los rosados del roble y las trinitarias trepando paredes explotan como promesas y dicen: “aquí cabe todo el mundo, con sus alas abiertas y sus raíces profundas”. Eso es cultura: el hilo invisible que nos ata a la tierra, a los ancestros, a lo que fuimos antes de que los vientos foráneos nos hicieran dudar de nuestra propia magia.

El arte, ay ombe, el arte es el milagro cotidiano que no necesita visa ni permiso para sanar. Un mosaico roto y recompuesto, un verso vallenato, una melodía pueden atrapar vuelos de ángeles y hacerlos danzar sobre las grietas que dejan las noticias duras. Yo lo vivo cada día: cuando aplico mi Acupuntura Macondiana en un espacio olvidado o en el patio de una casa privada, insertando fragmentos de cerámica que brillan como escamas de jaguar, con cañaguates amarillos floreciendo eternos, robles rosados que desafían sequías y trinitarias que trepan sin miedo, estoy diciendo: “mira, aquí estamos todos, en esta explosión de color y trino que es paz y amor, incluso cuando el mundo afuera parece desarmarse”.

El arte no grita, susurra verdades que el odio geopolítico no alcanza a silenciar.

Y el respeto… ¡qué palabra tan sencilla y tan olvidada en tiempos de confrontaciones! Respetar es reconocer que el otro lleva en su pecho un universo tan vasto como el mío, con sus propias plumas coloridas y sus cantos únicos. Es tender la mano en vez del puño. Es escuchar el tambor diferente —sea del vecino o del país hermano— y bailarlo sin miedo.

En mi Valle del Cacique Upar, reserva bendecida de aves por la Sierra Nevada y la Serranía del Perijá, aprendí que el respeto es el cimiento de toda obra duradera, como los mosaicos que resisten lluvias y soles.

Pero, sobre todo, el amor. Ese amor amor grande, el que no pide nada a cambio, el que florece como cañaguate en valle seco, como roble rosado anunciando lluvias o como trinitaria cubriendo muros grises, ese que nos divierte y nos hace olvidarnos de la muerte.

Amor por la vida, por el vecino, por el desconocido que cruza fronteras huyendo de tormentas ajenas. Amor que se pinta en trencadís, se canta en acordeón, se escribe en muros, se vive en cada intervención. Porque cuando amamos, no hay espacio para la violencia sin sentido, ni para los miedos que traen los titulares.

Este mundo convulso, y nuestro país en su encrucijada mágica y real, necesita una sobredosis de estos pilares. Necesita que volvamos a los patios de poesía, a las acupunturas macondianas que sanan espacios, a las canciones que curan almas, a las danzas que hacen que la tierra sea de dioses y a los cielos llenos de aves libres. Necesita que cada uno, desde su rincón, inserte un fragmento de color en el gris ajeno.

Yo sigo creyendo en eso. Sigo sentipensando y accionando, interviniendo, diseñando, pintando, escribiendo, visualizando el Macondo real (Tierra Prometida). Porque mientras haya un mosaico roto para recomponer, un acordeón que suene, un cañaguate floreciendo y un ave surcando la sierra, la violencia —sea la de las balas o la de las palabras— no tendrá la última palabra.

Que el sol naciente de cada día, con su lluvia de flores amarillas, nos recuerde: somos alas, somos mosaicos, somos antídoto, somos palabra, somos amor amor.

Por Yarime Lobo

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