Me gustan muchos apartes del libro prohibido “Los escritos irreverentes” de Mark Twain, en donde sin duda, uno como lector disfruta la versión que da el autor de la estupidez, la arrogancia, la ostentación y el disparate generalizado de la humanidad. Y es que no es para menos, todo lo que dice este famoso escritor conocido por Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn, nos hace reflexionar habiendo pasado más de un siglo sobre todo lo que el ser humano sigue siendo.
Tal vez al escribir esta columna me arriesgue como se arriesgó Satán a ser desterrado por criticar la admirable obra del Creador; sin embargo, creo que me arriesgaré, porque hace unos pocos días también expresé ante un público, en apariencia, bastante culto y discreto, aunque tímido y tibio, lo que pensaba sobre el actual presidente de los Estados Unidos y ya no me importa en realidad lo que piensen los demás, más bien, quiero hacer pensar a los demás sobre lo que somos en realidad los seres humanos.
Como decía, según Mark Twain, Satán fue desterrado del Cielo. Era un castigo al que estaba acostumbrado, debido a que tenía la lengua algo floja. Siempre lo deportaban al Espacio, donde se dedicaba a revolotear tediosamente por la noche eterna, en la que hacía un frío ártico. Pero en esa ocasión, cuando empezó a elogiar con comentarios sarcásticos la obra del Señor, se le ocurrió, ante el destierro impuesto por éste, venirse a la Tierra, para ver cómo iba el experimento de la raza humana, y vaya que se llevó y aún sigue llevándose sorpresas de esta.
Decía en la primera carta que envió a sus amigos, a los Arcángeles Miguel y Gabriel, que la Tierra era un lugar extraño, un lugar extraordinario e interesante. Que en todo el universo no había otro lugar ni nada que se le pareciera. Desde que conoció a la Tierra dijo que estaba loca, como la mismísima naturaleza, que también lo está. Nos trató desde el principio como una especie de ángel de grado inferior bañado en níquel; en el peor de los casos un ser inefable, inimaginable. Pero, desde el principio hasta el final y siempre, es un sarcasmo. Y es que, no solo lo dice el autor en el libro mencionado, sino que creo que debemos de igual forma reflexionar sobre lo que hemos sido y somos a través del paso del tiempo, criaturas preferidas del Creador, por encima de todas las cosas.
Quizás el ser humano merece la suerte a la que hoy se muestra, un mundo convulso, enfermo, violento, porque la mayoría somos unos hipócritas morales. ¿A qué se va a misa los domingos? Me pregunto. A rezar, ¿cierto? Pero no. Si el momento más feliz para la gran mayoría es cuando el sacerdote alza las manos para dar la bendición. Se escucha entonces un murmullo de alivio que recorre la iglesia, cargado de la más sincera gratitud.
Hoy vivimos en un mundo en donde toda nación desprecia al resto de las naciones. Se odia a los judíos, a los palestinos, a los indios, a los negros, a los venezolanos, a los gringos, a los cubanos, a los colombianos, pero si cualquiera de éstos es rico, se tolera. Sin embargo, nuestro Creador, el Gran Eterno, nos tiene a todos en el mismo mundo, a todos en aparente y absoluta igualdad, sin que ninguno para Él destaque sobre los demás. Todos, según el credo que debemos profesar, debemos ser hermanos, es decir, mezclarnos sin distinción, pero la realidad es otra, tal como dije, aquí en la Tierra todos los países se odian, sin embargo, todos anhelan un Cielo y quieren entrar en él y lo desean de verdad.
No, mis queridos lectores, aquí en la Tierra, la realidad es otra que la que se profesa en las religiones, aquí impera, desde dónde se mire, un caos total, un desorden bajo el cielo, que pareciera que no lo no arregla ni el mismo Dios, al menos que haga caer otro diluvio o destruya unas cuantas ciudades como hizo en su tiempo con Sodoma y Gomorra. Ya a esta altura nos tenemos que haber dado cuenta de que hacemos parte del desorden, de alguna u otra forma. Y quién esté libre de pecado que me lance la primera piedra.
