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Los compositores de pacotilla y la esencia de la música vallenata

Un amigo muy querido, (José Jorge Dangond), me envió no hace poco una composición muy bonita, pues así la califiqué para luego decepcionarme cuando me explicó que había sido hecha por inteligencia artificial.

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“Compositor que no siente, nunca será compositor, solo un vulgar imitador de sentimientos”.

Un amigo muy querido, (José Jorge Dangond), me envió no hace poco una composición muy bonita, pues así la califiqué para luego decepcionarme cuando me explicó que había sido hecha por inteligencia artificial. De inmediato se encendió mi preocupación y pensé enseguida en el Festival de nuestra Leyenda Vallenata y los estragos que se podrían suceder en su esencia si no se procedía de inmediato a analizar este tema.

Rafael Escalona, por ejemplo, como muchos y muy buenos compositores vallenatos, componía una pieza rebosante de ternura, imaginación y sentido del arraigo. En sus versos se funden el mito, la inocencia y la esperanza. La melodía, sencilla y evocadora, transmite una calidez que solo puede brotar del contacto directo con la tierra, la mujer, el río y la gente.

En contraste, una canción vallenata creada por inteligencia artificial puede reproducir la forma —versos octosílabos, estructuras de cuartetas, uso de estribillos y metáforas rurales—, pero carece del trasfondo emocional y social que define el género. Algo que una inteligencia artificial no podría escribir.

La letra que resulta coherente en una composición por inteligencia artificial será poéticamente aceptable, pero vacía de experiencia humana, de sentimiento, de pasión. No hay una historia detrás, ni un referente geográfico o emocional; no ha vivido la sequía ni la fiesta de la Virgen del Rosario, ni ha sentido el calor del río Cesar ni el frío del Guatapurí, como tampoco el dolor de una despedida al frente de la ciénaga de Zapatosa.

El vallenato de Escalona —como el de Leandro Díaz— se sostiene sobre la observación profunda de la vida y el paisaje. En “Matilde Lina”, Leandro convierte la vista de una mujer en el canto de la naturaleza: “Cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana”. En cambio, la inteligencia artificial puede imitar esta musicalidad, pero no puede “ver” ni “sentir”.

El valor del vallenato tradicional radica en su memoria colectiva. En cambio, la canción creada por inteligencia artificial se construye con datos, no con recuerdos. Puede sonar similar, pero su contenido no tiene olor a monte ni sabor a pueblo, ni mucho menos pasión. El vallenato humano es una herida cantada; el de la máquina, un espejo sin fondo.

En “La honda herida”, Rafael Escalona logra condensar el sufrimiento del abandono amoroso con una elegancia lírica. Las metáforas abundan y la melodía armoniza el estilo. No hay dramatismo exagerado, sino una tristeza serena, casi filosófica.

El compositor no reclama; contempla. “Solamente me queda el recuerdo de tu voz / como el ave que canta en la selva y no se ve”, expresa la impotencia del ser humano ante la ruptura, pero narrado con la naturalidad de quien canta su pena al amanecer de la provincia.

Estos versos no pueden ser reemplazados por lo físico o por lo virtual. A nivel formal, la inteligencia artificial logra una coherencia rítmica y temática, pero su tristeza sería programada, no vivida.

Desde lo literario, nuestros compositores se alían con símbolos naturales y universales —ave, voz, selva, resentimientos de amor—. La inteligencia artificial, en cambio, se valdría de símbolos tecnológicos que sugieren modernidad, pero sin densidad emocional.

Filosóficamente, podríamos decir que “La honda herida” pertenece al tiempo humano, donde el dolor tiene historia y paisaje. Así, la inteligencia artificial convertiría el canto en simulacro, una sombra de emoción que se oye, pero no se siente, pues lo hace desde la superficie del lenguaje. Por eso, su diferencia no es técnica sino ontológica: el uno canta para sanar; la otra, solo para imitar.

El festival, de aquí en adelante, va a tener que observar muy bien qué es lo que se debe hacer, para evitar a los compositores de pacotilla que terminarán destruyendo la esencia del vallenato tradicional si no se frenan a tiempo.

(Notas de mi libro en producción: Historia y filosofía de un sentimiento)

Por: Fausto Cotes N.

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