Como arquitecta, mis ojos no pueden evitar leer el mundo a través de planos, volúmenes y esa luz dorada que solo el Cesar sabe proyectar sobre el paisaje. Para quienes nos dedicamos a pensar el espacio, la realidad no es un cúmulo de hechos aislados, sino un tejido vivo que se construye con la voluntad de sus habitantes.
Pero más allá del concreto y el acero, mi verdadera pasión radica en lo que he llamado la Acupuntura Macondiana: esa intervención sutil, cargada de color y realismo mágico, que busca sanar el tejido social allí donde más duele, devolviéndole a la gente su derecho fundamental a la belleza y a la dignidad.
Las urnas este domingo no solo arrojaron números fríos sobre un tablero; trazaron un nuevo urbanismo táctico para nuestra democracia. Fue una jornada de diseño participativo donde el ciudadano, con el pincel del voto, decidió intervenir la fachada de un país que se sentía agrietado.
El Cesar, mi tierra de cantos y sombras frescas, ha insertado dos agujas potentes en este mapa en construcción. La llegada de Claudia Margarita Zuleta Murgas al Senado y de Alexandra Pineda Ortiz a la Cámara de Representantes es, ante todo, un acto de justicia estética y política. Las veo no como piezas antagónicas en un tablero de ajedrez, sino como dos fuerzas arquitectónicas que deben aprender a convivir en el mismo plano. Claudia representa la estructura macro, el rigor del diseño a gran escala y la firmeza de quien conoce los cimientos; Alexandra, por su parte, aporta el detalle sensible de la tierra, la textura de la base y la voz necesaria de la periferia.
El reto histórico de estas mujeres es entender que su ejercicio legislativo debe ser una suma de talentos y una multiplicación de seres sentipensantes. Tienen en sus manos la posibilidad de romper hegemonías grises, esos muros de contención que por décadas han impedido el flujo de nuevas ideas. Su labor debe ser la de abrir caminos de florecimiento, donde la política deje de ser un muro divisorio y se convierta en un jardín público donde todos quepamos, sin importar el origen de nuestra semilla.
En este paisaje nacional que se dibuja con trazos nuevos, el resultado de Juan Daniel Oviedo aparece como ese centro de gravedad tan necesario. Oviedo es el espacio público por excelencia: ese lugar de encuentro ciudadano donde la técnica estadística se deja abrazar por la empatía humana. Representa un urbanismo de la sensatez, una pieza que encaja con precisión milimétrica para darnos el equilibrio que el país pide a gritos. Él es el punto de fuga de nuestra perspectiva actual; permite que la obra nacional no se derrumbe hacia los extremos, sino que se sostenga sobre la viga maestra del bien general, permitiéndonos a todos ser, estar y, sobre todo, trascender.
Pero atención: el plano definitivo aún está sobre la mesa de dibujo y la tinta sigue fresca. Como en toda obra de gran envergadura que busca la perfección, las próximas estaciones electorales serán el momento crítico donde decidiremos si este edificio nacional tendrá cimientos de unión o si seguirá hundiéndose en la fragmentación. Mi visión no tiene banderas de colores excluyentes, tiene sueños; no busca el triunfo de un nombre para colgar en una placa de inauguración, sino el bienestar del hábitat que compartimos.
Hoy, el Cesar y Colombia estrenan un boceto esperanzador. Es un primer trazo que nos invita a la reconciliación entre la estética y la ética. Con la fuerza de nuestras mujeres y el mensaje de equilibrio que hoy resuena desde las regiones, estamos llamados a ser los arquitectos de una realidad donde la política sea, por fin, la más bella de las artes: la de diseñar el espacio para vivir juntos, respetando nuestras diferencias y permitiéndonos, como sociedad, un nuevo y definitivo florecimiento en paz.
Por: Yarime Lobo Baute
