Desde el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania en 2022, el mundo ha seguido con atención un conflicto que ha dejado profundas heridas humanas, políticas y sociales. Lo que comenzó como una disputa territorial rápidamente se convirtió en una tragedia global que ha afectado múltiples ámbitos de la vida cotidiana, incluido el deporte. Ese espacio que históricamente ha servido como punto de encuentro entre culturas y naciones hoy refleja, más que nunca, las tensiones de un mundo dividido por la guerra. El deporte suele venderse como un territorio neutral, donde las banderas y las ideologías quedan fuera de la competencia. Sin embargo, la guerra ha demostrado que esa neutralidad es frágil. Atletas rusos y ucranianos han llevado a las canchas el peso emocional de un conflicto que no eligieron, pero que los atraviesa directamente por su origen, su familia y su identidad. El tenis, por su carácter individual y por la cercanía entre rivales, se ha convertido en uno de los escenarios donde esta realidad se hace más visible.
En el tenis profesional, el tradicional apretón de manos al final de cada partido simboliza respeto, juego limpio y reconocimiento al rival. No obstante, desde el estallido del conflicto, este gesto ha desaparecido en muchos enfrentamientos entre jugadores nacidos en Rusia y Ucrania. Para algunos tenistas ucranianos, estrechar la mano de un rival ruso resulta imposible mientras su país sufre bombardeos, desplazamientos y pérdidas humanas. La decisión de no hacerlo no es un acto de desprecio deportivo, sino una forma de protesta silenciosa y de fidelidad a su dolor y a su nación. Esta situación ha generado debates intensos dentro y fuera del mundo del deporte. Hay quienes consideran que el tenis no debe mezclar política y competencia, y que los jugadores no pueden ser responsabilizados por las decisiones de sus gobiernos. Otros entienden que exigir normalidad en medio de una guerra es desconocer el sufrimiento real de quienes la padecen. Así, cada partido entre un ruso y un ucraniano se convierte en algo más que un duelo deportivo: es un reflejo de una herida abierta.
Los organismos rectores del tenis, como la ATP y la WTA, han intentado manejar esta compleja situación manteniendo una postura de neutralidad. En muchos torneos, los jugadores rusos y bielorrusos compiten sin bandera ni himno, bajo la denominación de atletas neutrales. Aunque esta medida busca separar al deportista del conflicto político, no logra borrar la carga emocional que cada encuentro arrastra, especialmente para los jugadores ucranianos.
La guerra también ha afectado el desarrollo del tenis más allá de los partidos. En Ucrania, clubes y academias han tenido que cerrar o suspender actividades, mientras jóvenes promesas ven truncados sus procesos deportivos. Entrenadores y familias enteras han sido desplazados, y el deporte ha pasado a un segundo plano frente a la urgencia de sobrevivir. En Rusia, las sanciones internacionales han complicado la participación de atletas en ciertos torneos y han generado un clima de incertidumbre y presión constante.
Este impacto no es exclusivo del tenis. El fútbol, el atletismo y otros deportes han sufrido consecuencias similares, con selecciones excluidas de competiciones y eventos internacionales marcados por gestos políticos y mensajes de solidaridad. El deporte, lejos de ser ajeno a la realidad mundial, se ha convertido en un espejo de los conflictos que atraviesan a la sociedad. A pesar de todo, el deporte también ha ofrecido momentos de humanidad en medio de la tensión. Algunos jugadores han mostrado respeto a través de gestos discretos, miradas cómplices o simples palabras al finalizar los encuentros. Estos actos, aunque pequeños, recuerdan que la competencia no tiene por qué estar cargada de odio, y que incluso en contextos de guerra es posible mantener la dignidad.
En definitiva, la guerra entre Rusia y Ucrania ha demostrado que el deporte, y en especial el tenis, también siente, sufre y toma postura, incluso en silencio. Tal vez el día en que un ruso y un ucraniano vuelvan a darse la mano sin reservas, no será solo una victoria deportiva, sino una señal de que el mundo ha dado un paso hacia la reconciliación.
Por Rodrigo José Morón Henríquez, magíster en periodismo





