COLUMNA

 “Valledupar cómo vamos”

Podría decirse que la ciudad muestra avances precisamente puntuales, inclusive alentadores, pero arrastra una fractura profunda e insondable entre el orgullo que se siente por ella y la confianza que se deposita en sus instituciones.

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Asistí esta semana —como ciudadano preocupado, que es quizá el deber más exigente— a la presentación de los resultados de la Encuesta de Percepción Ciudadana 2025 de Valledupar Cómo Vamos. Siempre he considerado este ejercicio como uno de los instrumentos más honestos de los que dispone la ciudad para mirarse sin tanto maquillaje; el cual de manera muy objetiva no pretende halagar a la administración de turno ni satisfacer al pesimismo militante; se limita a preguntar, medir y mostrar. Y cuando una ciudad se atreve a escucharse con datos, es porque algo esencial está ocurriendo.

La ciudadanía ha hablado. Y conviene decirlo desde el principio; hablar de percepción no es hablar de superficialidad. En política pública, la percepción es el terreno donde se consolidan o fracasan las políticas. Una ciudad puede exhibir cifras positivas y, aun así, ser vivida como un espacio hostil. Lo que la encuesta revela —y aquí está su valor— es el estado anímico, racional y simbólico de Valledupar al cierre de 2025.

Si uno quisiera condensar o amalgamar los resultados en una sola idea, podría decirse que la ciudad muestra avances precisamente puntuales, inclusive alentadores, pero arrastra una fractura profunda e insondable entre el orgullo que se siente por ella y la confianza que se deposita en sus instituciones. Hay mejorías estadísticas, sí; pero no todas las cifras positivas equivalen a una sensación de buen rumbo.

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