Mi papá ya había hecho amigos en el pueblo, así que, en una de sus salidas a jugar dominó o billar los domingos, le habían presentado a tres maestros que tenían un proyecto de un pequeño colegio que estaba naciendo y, por supuesto, lo que necesitaba era apoyo, y la mejor forma de hacerlo era con alumnos.
Para entonces había tres colegios en el pueblo: San Antonio, que era el colegio público; el Instituto Mixto José Celestino Mutis, de propiedad del profesor Yelis Lengua; el colegio del profesor Quintana, que funcionaba en una modesta casa de tablas y merece una historia aparte; y el recién creado Instituto Arjona, donde finalmente terminaría haciendo el cuarto de primaria este servidor.
A mi hermana Diana, que ya iba para el bachillerato, la mandaron para Bosconia a vivir en la casa del compadre Julito, y a mis otras hermanas las matricularon en el colegio del profesor Yelis. Con esta jugada, mi papá quedaba como un rey ante los profesores, pues a todos los complacía por igual.




