COLUMNA

Año 1984

Pasaban los minutos y se sentía el ruido del motor cada vez más cerca. Los faros alumbraban esa noche oscura, muy oscura, porque no había luceros.

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En El Retiro no había energía eléctrica. Mi papá había dejado la planta en Brasilia y solo había rescatado un generador al que se le adaptaba un motor de gasolina que se encendía en las noches para ver las novelas de moda en la época: La mala hierba, que ya estaba en sus últimos capítulos, y La fiera.

Como la finca estaba rodeada de otras parcelas, varios de esos vecinos se iban en las noches a ver televisión. Esta se debía poner muy cerca del motor porque el cable de la extensión era muy corto, por lo que se le debía subir todo el volumen, ya que el ruido no dejaba escuchar la programación.

Era un televisor marca Sony, de carcasa roja, conectado a una antena aérea a la que casi siempre mi papá terminaba haciéndole adaptaciones adicionales. Además, siempre debía haber alguien disponible para mover esa antena y capturar mejor la señal.

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