Hay una escena que se repite cada ciclo electoral en el Cesar con la precisión de un reloj suizo: es el político sonriente, camisa remangada, abrazando niños que no conoce y prometiendo futuros que no piensa cumplir. Detrás, su séquito de intermediarios ya tiene lista la logística de mercados empacados, billetes doblados en cuatro, planillas con nombres marcados como “comprometidos”. Todo perfectamente organizado. Casi admirable… si no fuera profundamente vergonzoso.
Lo hemos normalizado tanto que parece parte del folclor electoral, como si las elecciones vinieran con tamal, camiseta y sobre cerrado incluidos. Pero detrás del espectáculo hay una práctica que no tiene nada de pintoresca y sí mucho de corrosiva: el famoso clientelismo. Esa forma elegante de llamar “gestión política” al intercambio de favores por votos.
Este 8 de marzo elegiremos congresistas. Y tal vez la pregunta no sea por quién votar, sino por qué seguimos votando igual, esperando resultados diferentes. Porque si ya sabemos cómo funciona el libreto, no podemos fingir sorpresa cuando el final vuelve a ser el mismo.
Diana Martínez y Daniel Méndez, en su artículo ‘El clientelismo como método sistemático de violación de los Derechos Humanos en Colombia’, no adornan el diagnóstico que demuestra que el clientelismo erosiona la democracia, debilita la institucionalidad y distorsiona la representación política. Su finalidad no es servir al ciudadano, sino conservar estatus y poder, aun cuando eso implique vulnerar derechos fundamentales de quienes no tienen cómo enfrentarse a esas estructuras.
Retomando a José Albertazzi, los autores describen el clientelismo como una relación de subordinación: el “dominante” ofrece protección o beneficios; el “cliente” paga con lealtad y apoyo político. Y en ese intercambio desigual, incluso personas con formación técnica o académica terminan supeditadas a la voluntad del poder de turno.
Entonces, la pregunta incómoda es inevitable en este momento crítico del país: ¿de qué meritocracia hablamos en el Cesar? Aquí el currículo vale menos que una foto en campaña, y el título profesional pesa menos que el aval del cacique local. Sin padrino político, no hay contrato. Y sin contrato, no hay independencia. Así funciona el círculo perfecto del favor convertido en sistema.
Juliana Casas Lozano, en su investigación con La Silla Vacía titulada ‘¿Cómo funciona el clientelismo en Colombia?’, lo explica sin eufemismos manifestando que el clientelismo es un trueque. Apoyo político a cambio de un contrato, un puesto, un cupo o un mercado. Hay un “patrón” que ofrece y un “cliente” que paga con su voto. No es ideología; es intercambio. No es representación; es transacción.
Siempre aparece quien asegura que nuestra democracia es “sana”. Pero basta caminar por los barrios de Valledupar en vísperas electorales para ver la coreografía conocida: los líderes que anotan nombres, promesas que suenan a auxilio inmediato y sobres que cambian de manos con discreción calculada. Para muchas familias, la elección no es ideológica sino urgente por la necesidad de un trabajo, un mercado, un dinero que alivie la semana. Esa es la dimensión más cruda del clientelismo porque él no resuelve la pobreza, la administra.
Lo paradójico es que incluso algunos jóvenes, llamados a romper el ciclo, han aprendido demasiado bien el libreto. Y si el clientelismo fuera tan efectivo como lo venden sus defensores, después de décadas deberíamos estar mejor. Pero el Cesar no es potencia económica ni ejemplo de institucionalidad sólida. Repetir la fórmula esperando prosperidad colectiva es, por lo menos, un acto de fe. O de resignación.
Este domingo, vota con conciencia. Los congresistas que elijamos no van a repartir mercados durante cuatro años; van a aprobar las leyes que definirán nuestra economía, nuestra educación y nuestra salud. Van a decidir cuánto se invierte, en qué se invierte y para quién se gobierna.
Cada voto vendido por un mercado no es solo un intercambio momentáneo: es una renuncia anticipada a reclamar después. Es cambiar cuatro años de representación por una bolsa que dura una semana. Es hipotecar el futuro por una urgencia que el mismo sistema se encarga de mantener.
El futuro no se improvisa ni se mendiga, se elige. Y ese poder, aunque algunos quieran comprarlo, sigue estando en tu voto. No lo regales.
Por Isabel Sánchez Quiroz
