Desde la candidatura de Evaristo Sourdís en 1970, el Caribe colombiano no había estado tan cerca de ver a uno de los suyos disputar con verdadera opción la Presidencia de la República. Han pasado más de cinco décadas de ilusión, de intentos fallidos y, sobre todo, de resignación. Hoy, ese ciclo parece romperse con Abelardo de La Espriella.
Durante años, la Región Caribe se acostumbró —o la acostumbraron— a mirar hacia afuera en busca de liderazgo. Se votó por otros, se respaldaron proyectos ajenos y, en ese proceso, muchas veces se postergó la confianza en lo propio. Mientras tanto, el Caribe siguió aportando cultura, riqueza y talento al país, sin recibir el protagonismo que merece en las grandes decisiones nacionales.
Pero algo distinto está ocurriendo. Se siente en las calles, en las caravanas, en la conversación cotidiana. Hay un orgullo renovado, una conciencia creciente de identidad y de pertenencia. No es solo una coyuntura electoral; es un despertar colectivo, una reafirmación de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser como región.






