COLUMNA

Eduardo Santos Ortega: el latido de la palabra en el Valle de los colores

Este mural, que hoy se encuentra en proceso de gestación, no es simplemente una mancha cromática sobre un muro. Es un manifiesto de vida. Es el abrazo eterno entre su palabra y mi color. 

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Existen seres que no transitan la vida, sino que la fecundan; hombres que no solo habitan una geografía, sino que la narran con la paciencia del artesano y la iluminan con la delicadeza de quien sabe que la realidad, sin poesía, es solo un desierto de sombras. Eduardo Santos Ortega es uno de esos seres imprescindibles, un guardián de la luz en medio del ruido, un periodista de oficio que lleva el alma custodiada por versos. Para él, quien ha hecho del lenguaje un templo de ética en las páginas de EL PILÓN, yo soy “la poeta del pincel y la paleta”. Y bajo ese bautismo de afecto, hemos tejido una alianza que trasciende el tiempo y el papel, una complicidad estética que hoy se refugia en la calidez de su hogar.

Eduardo no escribe columnas; él esculpe el aire. Su pluma no se rinde ante la frialdad del dato ni ante la prisa desalmada de la noticia; por el contrario, se detiene en el matiz del alba, en el aroma del café que evoca ausencias y en esa nostalgia de la Valledupar que se nos va entre los dedos, pero que él rescata con cada adjetivo. Su estilo es un refugio, un remanso de paz en un mundo que ha olvidado respirar. Es esa misma sensibilidad la que hoy inunda el patio de su casa, un espacio sagrado que hemos decidido intervenir con la magia de los pigmentos. Allí, donde el silencio se hace música y la sombra del árbol es cómplice, nace “El Valle de Colores”.

Este mural, que hoy se encuentra en proceso de gestación, no es simplemente una mancha cromática sobre un muro. Es un manifiesto de vida. Es el abrazo eterno entre su palabra y mi color. 

He querido que cada pincelada sea un eco de sus versos, una extensión de su mirada lírica sobre nuestro territorio. 

Sin embargo, en medio de este proceso creativo, la vida nos envió un mensaje sutil, una advertencia de ese motor noble que Eduardo lleva en el pecho. Su corazón, ese cofre de bondad que a veces olvida descansar de tanto sentir y de tanto dar, le pidió una tregua necesaria. Pero que no se confunda el lector: este quebranto no es el protagonista de su historia; es apenas un paréntesis para que el maestro calibre su ritmo y fortalezca su espíritu.

En este tramo del camino, ha emergido con una luz celestial la figura de su esposa, María de los Ángeles. Su nombre no podría ser más certero, pues ha sido ella el ángel custodio, el amor resiliente y noble que ha servido de ancla en la tormenta. María de los Ángeles, con una entrega silenciosa y una fortaleza que no conoce de desmayos, ha permanecido allí, al pie del cañón, transformando el miedo en cuidado y la incertidumbre en una paz inquebrantable. Su presencia es el bálsamo que permite que Eduardo siga siendo el poeta que todos admiramos; ella es la guardiana de su aliento, el recordatorio diario de que el amor es la medicina más sagrada. 

Gracias a su devoción, Eduardo no transita solo este valle; lo hace sostenido por una mano que conoce todos sus silencios y sostiene todas sus esperanzas.

Los poetas están hechos de una madera que no se quiebra fácilmente; su resiliencia se alimenta de la palabra y del amor puro que los rodea. Necesitamos a Eduardo vital y sereno, porque “El Valle de Colores” tiene un destino que trasciende lo visual: está llamado a ser un semillero literario. Mi sueño, que es también el suyo, es ver ese patio convertido en una escuela sin paredes, un aula bajo el cielo vallenato donde Eduardo active la chispa de la poesía en las nuevas generaciones. Queremos que los jóvenes busquen en su guía el arte de narrar con honestidad, que aprendan que la belleza es un acto de resistencia y que el corazón debe seguir marcando el compás de nuestras causas más nobles.

Amigo Eduardo, cuídate con la misma devoción con la que eliges cada metáfora. Tu vida es un poema de largo aliento que aún tiene muchas estrofas por revelar y muchos colores por encender. 

Aquí sigo yo, con la pluma, el rapidógrafo, el mosaico y el pincel en alto y sobre todo con el alma dispuesta, esperando que volvamos a encontrarnos frente al muro para que tú pongas la voz y yo el color, cobijados siempre por la nobleza de María de los Ángeles. Tu corazón, ahora más consciente de su propia luz, tiene todavía mucho que dictarnos bajo este cielo que nos bendice.

 Yarime Lobo Baute 

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