COLUMNA

Una visita en silencio

Me arrodillé sobre la tumba de mi madre, tal vez con la esperanza de que una mano invisible surgiera enfrente y acariciara mi pelo.

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Hace unos pocos días muchos tuvimos la oportunidad de celebrar el día de los muertos, confundiéndose al final tal festividad originada como un sincretismo entre las celebraciones católicas del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos con las tradiciones de los indígenas de América, en especial los de México.

Independiente al origen de dicha tradición, lo cierto es que muchos nos acostumbramos a visitar las tumbas de nuestros seres queridos ya fallecidos el dos de noviembre. Cada quién sin duda tiene su propia forma de celebrar dicho día y en las prácticas culturales son diversos los actos realizados y que tienen el propósito solo de recordar y no olvidar a nuestros muertos queridos.

Este lunes festivo, en la ciudad en donde resido, amaneció con el cielo encapotado, surcado de nubes negras y grises, lentas y densas, como si les costara desplazarse en el firmamento. Los relámpagos serpenteantes en la lejanía iluminaban la oscuridad matutina pareciendo romper el cielo; sin embargo, éste se obstinaba en no dejar caer sobre la ciudad sus lágrimas en torrente, sino que poco a poco sollozaba en silencio sin gritar entre truenos, y la lluvia en llovizna solo parecía darle un color más vívido a la hierba verde que cubría las tumbas a esa hora temprana en el cementerio.

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