Hace unos días una actriz-cantante conocida compartió públicamente su experiencia frente a críticas sobre su peso. En un video, confesó con sencillez su cuerpo actual, habló de su historia, de cambios, de maternidad y respondió con dignidad a quienes la juzgaban. Pero más allá del revuelo mediático, su reacción nos deja una pregunta urgente: ¿por qué sentimos que tenemos derecho a opinar sobre el cuerpo o peso de otras personas.
Vivimos en una cultura que mide el valor personal con números, kilos, tallas, curvas, músculos, una cultura donde “estar bien” parece depender de un canon, no del bienestar real. Cuando alguien se aleja (aunque sea un poco) de ese ideal, de inmediato se convierte en objeto de escrutinio: comentarios, especulaciones, juicios, “consejos no solicitados” y muchas veces, ese juicio viene disfrazado de preocupación, pero oculta una violencia emocional.
Criticar cuerpos ajenos no solo es injusto: es doloroso, cada comentario es una piedra sobre la autoestima de alguien que no pidió ser evaluada, cada mirada que manda un “no estás bien” puede resonar en inseguridades profundas, en culpas, en vergüenzas que no se superan con dietas ni con ejercicios.
La presión social sobre los cuerpos tiene consecuencias no solo estéticas, sino emocionales, produce ansiedad, culpa, miedo, incluso rechazo de sí mismos. Muchas personas dejan de aceptar su cuerpo, de reconocerse, de amarse, se genera un malestar silencioso que repercute en su salud mental y en su dignidad.
Cuando el cuerpo se vuelve una opinión pública, se abre la puerta para el acoso digital o cara a cara, para la violencia simbólica, y lo peor: muchas veces quienes juzgan creen que no hacen daño, creen que “es un comentario inofensivo”, que “no le afecta”, pero para quien lo recibe, puede ser un puñal escondido en palabras.
Por eso el gesto de quienes, como Maite Perroni, deciden hablar, asumir, visibilizar no solo su cuerpo, sino su narrativa es un acto de valentía y de resistencia, es decir: “No soy tu objeto de crítica”, es afirmar que cada cuerpo tiene historia, tiene dignidad, tiene derecho a existir sin ser evaluado.
Como psicóloga, sé que sanar la relación con nuestro cuerpo es también sanar la relación con nosotros mismos, implica escucharnos, cuidarnos, respetarnos, aceptar que somos seres en constante cambio y que esos cambios no nos hacen menos valiosos, implica reconocer que el bienestar físico no lo define una báscula, sino la armonía entre cuerpo, mente y emoción.
Como sociedad, podemos desaprender los estereotipos: dejar de reducir a las personas a su figura, su talla, su peso, enseñar respeto, empatía, valoración de la diversidad, dar el espacio para que cada cuerpo exista sin juicios, y que cada persona pueda “verse” sin miedo a ser validada por su apariencia, por su ser, por su humanidad.
Si algo nos mostró esta polémica reciente es que opinar sobre cuerpos ajenos no es un entretenimiento inofensivo: tiene consecuencias. Que las redes no son tribunales justos, sino espacios donde cada palabra pesa. Que cada cuerpo merece respeto, dignidad y reconocimiento y que, quizás, en lugar de juzgar, lo que más necesita este mundo es comprensión, escucha, acompañamiento y aceptación.
Porque al final, el valor de una persona no debería medirse en kilos, ni en tallas, ni en apariencias sino por su ser, por su historia, por su humanidad.
Por
Daniela Rivera Orcasita





